Equipo
docente:
Roberto Marafioti
Marcelo Arias
Patricio Grinberg
Primer
cuadernillo práctico
Primer
cuatrimestre de 2003
Texto
1
Bueno,
entonces la cuestión central que aquí se plantea
es de orden epistemológico, es decir, en torno a la constitución
de una ciencia, a la pregunta por la naturaleza del objeto de
estudio y la metodología específica con que se trabajará.
Temas que muchos de ustedes ya vieron o están viendo en
este mismo momento en Introducción al Conocimiento Científico.
Hacia
allí se orientan las obsesiones fundamentales de Saussure.
Tomemos la cuestión del objeto. Ya casi es de sentido común
plantearlo pero no puede existir una ciencia sin un objeto de
estudios que se presente como claro y evidente. Es la primera
pregunta, entonces, que debe responder Saussure. Esto es, para
que la lingüística pueda convertirse en una ciencia,
en una teoría fundada y completa ?y ése es el problema
que Saussure encara?. Ahora bien, ¿dónde está
ese objeto de estudio? Puede parecer algo tonto pero, si uno lo
mira en su complejidad, no es un problema menor.
Podemos
decir, por ejemplo, que hay ciencias que parecen estudiar objetos
fácilmente localizables puesto que el mundo mismo se encarga
de brindarlos. Por ejemplo, si yo pregunto cuál es el objeto
de estudio de la botánica todos me van a decir de inmediato
las plantas y hasta pueden extender un dedo para señalar
un árbol o una lechuga; lo mismo si menciono la zoología
o la astronomía...
Estudiante
?No me queda claro cuál es la diferencia o el problema...
?La
diferencia es que la actividad lingüística no puede
ser señalada del mismo modo. Eso que empezamos a llamar
"Iengua" forma parte tan íntimamente de nosotros,
de nuestro pensamiento, como el acto de la respiración.
Los mecanismos que se ponen en juego cuando hablamos o escribimos
son tan veloces e inconscientes que no podemos distanciarnos de
ellos. Y precisamente un científico necesita establecer
esa distancia para poder analizar eso que denomina su objeto.
Sin esa distancia no puede haber actividad científica.
Los
primeros capítulos del Curso de lingüística
general intentan desarrollar y encontrar una respuesta para esta
cuestión.
(Fragmento de una clase expositiva de un profesor de Semiología)
Texto
2
EL
SIGNO
Es
la noción básica de toda ciencia del lenguaje; pero,
precisamente a causa de esta importancia, es una de las más
difíciles de definir. Esta dificultad se duplica porque
las modernas teorías del signo procuran abarcar no sólo
entidades lingüísticas, sino también signos
no verbales.
Un
análisis atento revela que las definiciones clásicas
de signo son con frecuencia tautológicas o incapaces de
aprehender el concepto en su genuina especificidad. Se admite
que todos los signos remiten necesariamente a una relación
entre dos relata ["relatum". en latín, significa
"referido", "sugerido"; "relata"
es su plural y se entiende como "cosas / entidades referidas/
sugeridas"]; pero el solo hecho de identificar la significación
con la relación hace imposible distinguir entre dos planos
que, sin embargo, son muy diferentes: por un lado el signo "madre"
está por fuerza ligado al signo "hijo"; por el
otro, lo que 'madre' designa es madre y no hijo. San Agustín
propone una de las primeras teorías del signo: "Un
signo es algo que, además de la especie abarcada por los
sentidos, hace que otra cosa acuda por sí sola al pensamiento".
Pero "hacer acudir" (o "evocar") es una categoría
demasiado estrecha y a la vez demasiado amplia: presupone, por
un lado, que el sentido existe fuera del signo (para hacerlo acudir
hasta él) y, por el otro, que la evocación de una
cosa por medio de otra siempre se sitúa en el mismo plano.
Ahora bien, la sirena puede significar el principio de un bombardeo
y evocarla guerra, la angustia de los habitantes, etc. ¿El
signo será acaso algo que. está en lugar de otra
cosa y la reemplazo? En todo caso, éste sería un
reemplazo harto singular, ya que no es posible en un sentido ni
en el otro: ni el "sentido" ni el "referente",
como tales, podrían insertarse en el interior de una frase
en lugar de la "palabra". Swift lo entendió bien:
después de suponer que cada uno lleva consigo las cosas
de que desearía hablar (ya que las palabras son sucedáneos
de esas cosas), llegó a esta conclusión: "Si
las ocupaciones de un
hombre son importantes y de diversa índole, estará
proporcionalmente obligado a cargar un fardo mayor de cosas sobre
sus hombros'... a riesgo de sucumbir bajo su peso.
Por
lo tanto, definiremos prudentemente el signo como una entidad
que: 1) puede hacerse sensible, y 2) para un grupo definido de
usuarios señala una ausencia en sí misma. la parte
del signo que puede hacerse sensible se llama, para Saussure,
significante, la parte ausente, significado, y la relación
que mantienen ambas, significación. Expliquemos uno a uno
los elementos de esta definición.
Un
signo existe sin duda, aunque no sea percibido; pensemos en todas
las palabras de la lengua española en un momento dado del
tiempo: no tienen ninguna existencia perceptible. Sin embargo,
esta percepción es siempre posible. Así, K. Burke
propone invertir el orden de la significación y considerar
las cosas como signos de las palabras (de las ideas); pero esta
concepción paraplatónica supone siempre que el significante
puede hacerse perceptible. Tal propiedad, por otro lado, no es
desmentida por la existencia del fonema "detrás de"
los sonidos o del grafema "más allá de"
las letras.
El
signo es siempre institucional: en este sentido, sólo existe
para un determinado número de usuarios. Este grupo puede
reducirse a una sola persona (como el nudo que hago en mí
pañuelo). Pero fuera de una sociedad, por reducida que
sea, los signos no existen. No es justo decir que el humo es signo
"natural del fuego: es su consecuencia, o una de sus partes.
Sólo una comunidad de usuarios puede instituirlo como signo.
El punto más discutido de la teoría se refiere a
la naturaleza del significado. Se lo ha definido aquí como
una carencia, una ausencia en el objeto perceptible que así
se vuelve significante. Esta ausencia equivale, pues, a la parte
no sensible; quien dice signo debe aceptar la diferencia radical
entre significante y significado, entre lo sensorial y lo no sensorial,
entre presencia y ausencia. El significado diremos tautológicamente,
no existe fuera de su relación con el significante ?ni
antes, ni después, ni en otra parte?; un mismo gesto crea
?al significado y al significante, conceptos que son inconcebib!es
el uno sin el otro. Un significante sin significado es simplemente
un objeto, es pero no significa; un significado sin un significante
es indecible, impensable, es lo inexistente. La relación
de significación es, en cierto modo, contraria a la identidad
consigo misma; el signo es a la vez señal y ausencia: originariamente
doble.
Deben
considerarse dos aspectos complementarios de todo significado.
El primero, de alguna manera vertical, nos es revelado en la relación
necesaria que el significado tiene con el significante; esta relación
indica el lugar del significado, pero no nos permite identificarlo
positivamente: es lo que falta al significante. El segundo, que
podríamos representar como horizontal, consiste en la relación
de ese significado con todos los demás, en el interior
de un sistema de signos. Esa determinación es igualmente
"negativa" (como dice Saussure, lleva a "ser lo
que los demás no son"; sería más exacto
llamarla "relacional"), pero se produce en el interior
de un continuum, constituido por el conjunto de los significados
que forman un sistema (no se explica la relación de este
continuum designándolo con nombres tales como "pensamiento",
"conceptos", "esencia", etc., cosa que, sin
embargo, no dejaron de hacer muchos filósofos y psicólogos).
Tanto en un caso como en el otro, se llega al significado por
el signo: en ello reside la dificultad principal de todo discurso
sobre el signo. El sentido no es una sustancia cualquiera que
podríamos examinar independientemente de los signos donde
la aprehendemos; no existe sino por las relaciones de que participa.
[...1
Ch.
S. Peirce, Collected Papers, vol. II Cambridge, 1932; F. de Saussure,
Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada,
1945; Émile Benveniste , Problemas de lingüística
general, México, Siglo Veintiuno, 1971; W. Borgeaud, W.
Bröcker y J. Lohman, "De la nature du signe", Acta
linguistica, 1942?1943, 1. pp. 24?30; J. Piaget, La formación
del símbolo en el niño, México, Fondo de
Cultura Económica, 1964; H. Sprang?Hanssen, Recent Theories
on the Nature of the Language Sign, Copenhague, 1954; R. Engler,
Théoríe et Critique d' un principe saussurien, l'
arbitrarie du signe, Genéve, 1962; E. Ortigues, Le Discours
et le Symbole, París, 1962; K. Burke, 'What are the signs
of what?", Anthropological linguistics, 1962, 6, pp.' 1?23;
F. Edeline, "Le symbole et l'image selon la théorie
des codes", Cahiers internationaux du symbolisme, 1963, 2,
pp.19?33; C. Durand, La imaginación simbólica, Buenos
Aires, Amorrortu, 1971; R. Barthes, El grado cero de la escritura/Nuevos
ensayos críticos, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1973;
J. Derrida, "Sémioloquie et grammatologie", Information
sur les sciences sociales, 1968, 3, pp. 135?148.
(O.
Ducrot y T. Todorov, Diccionario enciclopédico de las ciencias
del lenguaje, México, Siglo Veintiuno, 1974, pp. 121?123)
Texto 3
EL
SIGNO
Supongamos
que el señor Sigma, en el curso de un viaje a París,
empieza a sentir molestias en el "vientre'. Utilizo un término
genérico porque el señor Sigma por el momento tiene
una sensación confusa. Se concentra e intenta definir la
molestia: ¿ardor de estómago?, ¿espasmos?,
¿dolores viscerales? Intenta dar un nombre a unos estímulos
imprecisos y al darles nombre los culturaliza, es decir, encuadra
lo que era un fenómeno natural en unas rúbricas
precisas y "codificadas"; o sea que intenta dar una
experiencia personal propia, una calificación que la haga
similar a otras experiencias ya expresadas en los libros de medicina
o en los artículos de los periódicos.
Por
fin descubre la palabra que le parece adecuada: esta palabra vale
por las molestias que siente. ? Y dado que quiere comunicar sus
molestias a un médico, sabe que podrá utilizar la
palabra (que el médico está ?en condiciones de entender),
en vez de la molestia (el médico no siente o quizá
no la ha sentido nunca en su vida).
Todo
el mundo estará dispuesto a reconocer que esta palabra,
que el señor Sigma ha individualizado, es un signo, pero
nuestro problema es más complejo.
El
señor Sigma decide pedir hora a un médico. Consulta
la guía telefónica de París; unos signos
gráficos precisos le indican quiénes son médicos
y cómo llegar hasta ellos.
Sale
de su casa, busca con la mirada una señal particular que
conoce muy bien: entra a un bar. Si se tratara de un bar italiano
intentaría localizar un ángulo próximo a
la caja donde podría haber un teléfono, de color
metálico. Pero como sabe que se trata de un bar francés,
tiene a su disposición otras reglas interpretativas del
ambiente: busca una escalera que desciende al sótano. Sabe
que en todo bar parisino que se respete, allí están
los lavabos y teléfonos. Es decir, el ambiente se presenta
como un sistema de signos orientadores que le indican dónde
podrá hablar.
Sigma
desciende y se encuentra frente a las tres cabinas más
bien angostas. Otro sistema de reglas le indica cómo introducirá
una de las fichas que lleva en el bolsillo (que son diferentes
y no todas se adaptan a aquel tipo de teléfono: por lo
tanto leerá la ficha X como "ficha adecuada al teléfono
M tipo Y") y, finalmente, una señal sonora le indica
que la línea está libre; esta señal es distinta
de la que escucha en Italia, y por consiguiente tendrá
otras reglas para "decodificarla"; también aquel
ruido (aquel bourdonnement, como lo llaman los franceses) vale
por la equivalencia verbal de "vía libre".
Ahora
tiene delante el disco con las letras del alfabeto y los números;
sabe que el médico que busca corresponde a DAN.001 9, esta
secuencia de letras y números corresponde al nombre del
médico, o bien significa "casa de tal". Pero
introducir el dedo en los agujeros del disco y hacerlo girar según
los números y letras que se desean tiene además
otro significado: quiere decir que el doctor será advertido
del hecho de que Sigma lo llama. Son dos órdenes de signos
diversos, hasta el punto de que puede anotar un número
de teléfono y saber a quién corresponde y no llamarlo
nunca; puede marcar un número al azar, sin saber a quién
corresponde, y saber que al hacerlo llama a alguien. [ ... ]
Podemos
abandonar a Sigma a su destino (con nuestros mejores deseos):
si consigue leer la receta que le dará el médico
(cosa nada fácil porque la escritura de los clínicos
plantea no pocos problemas de descifrado) quizá se ponga
bien y pueda gozar aún de sus vacaciones en París.
Puede
ocurrir también que Sigma sea testarudo e imprevisor y
que ante el dilema: "O deja de, beber o no puedo asegurarle
nada sobre su hígado", llegue a la conclusión
de que es mejor gozar de la vida sin preocuparse de la salud que
quedar reducido a la condición de enfermo crónico
que pesa alimentos y bebidas en una balanza. En este caso, Sigma
establecería una oposición entre buena vida y salud
que no es homóloga de la tradicional entre vida y muerte;
la vida, vivida sin preocupaciones, con un riesgo permanente,
que es la muerte, le parecería como la misma cara de un
valor primario, la despreocupación, al cual se opondrían
la salud y la preocupación, ambas emparentadas con el aburrimiento.
Por lo tanto, Sigma tendría su propio sistema de ideas
(al igual que lo tiene la política o la estética),
que se manifiesta como una organización especial de valores
o contenidos. En la medida en que tales contenidos se le manifiestan
bajo la forma de conceptos o de categorías mentales, también
ellos valen por alguna otra cosa, por las decisiones que implica,
por las experiencias que señala. Según algunos,
también ellos se manifiestan en la vida personal e interpersonal
de Sigma como signos.
Ya
veremos si ello es cierto. la verdad es que son muchos los que
creen así. [ ... ] Con todo, el ejemplo podría inducir
a pensar que esta invasión de los signos sólo es
típica de la civilización industrial que puede observarse
en el centro de una ciudad, rutilante de luces, anuncios, señales
de tránsito, sonidos, sólo cuando hay civilización,
en el sentido más banal del término.
Pero
es que Sigma viviría en un universo de signos incluso si
fuera un campesino aislado del mundo.
Recorrería
el campo por la mañana y, por las nubes que aparecen en
el horizonte, ya sabría el tiempo que hará. El color
de las hojas le anunciaría el cambio de estación,
una serie de franjas del terreno que se perfilan a lo lejos de
las colinas te diría el tiempo de cultivo para el que es
apto. [...]
Si
fuera cazador, una huella en el suelo, un mechón de pelos
en una rama de espino, cualquier rastro infinitesimal le revelaría
qué animales habían pasado por allí e incluso
cuándo... 0 sea que, aun inmerso en la naturaleza, Sigma
seguiría viviendo un universo de signos.
Estos
signos no son fenómenos naturales, los fenómenos
naturales no dicen nada por sí mismos. Los fenómenos
naturales "hablan" a Sigma, en la medida en que toda
la tradición campesina le enseñó a leerlos.
Así pues Sigma vive en un mundo de signos, no porque viva
en la naturaleza sino porque incluso cuando está solo,
vive en la sociedad, aquella sociedad rural que no se habría
constituido y no habría podido sobrevivir si no hubiera
elaborado sus propios códigos, sus propios sistemas de
interpretación de los datos naturales (y que por esta razón
se convertían en datos culturales).
(U.
Eco, Signo, Barcelona, labor, 1988)
Texto 4
"¿En
cuál de los diversos sentidos que asignamos a la democracia
queremos que ésta sea una sociedad democrática?
Permítanme contraponer dos concepciones de democracia.
En una, el público puede participar de una manera significativa
en el manejo de sus propias asuntos, los medios de información
son abiertos y libres. Si uno busca la palabra 'democracia' en
el diccionario obtendrá más o menos esa definición.
Una
concepción alternativa de `democracia' es que el público
debe ser excluido del manejo de sus propios asuntos y los medios
de información deben ser rígida y estrictamente
controlados. Esta podría sonar como una concepción
extravagante de democracia, pero sin embargo es la que prevalece,
no sólo en los hechos sino también en la teoría.
Hay una larga historia de este punto de vista que comienza en
las primeras revoluciones democráticas de la Inglaterra
del siglo XVII. Veamos ahora cómo y por qué el problema
de los medios y de la desinformación caben en ese contexto.
,
La
primera operación de propaganda en un gobierno moderno
sucedió durante la administración de Woodrow Wilson.
Wilson fue elegido presidente de Estados Unidos en 1916 con una
plataforma cuyo lema era "Paz sin victoria". Era un
lema acertado en medio de la Primera Guerra Mundial. La población
norteamericana era extremadamente pacifista y no veía razón
alguna para intervenir en el conflicto europeo. Pero la administración
Wilson se había comprometido a actuar y debía hacer
algo al respecto.
Estableció
entonces una comisión de propaganda del gobierno, llamada
comisión Creel, que en menos de seis meses consiguió
convertir a una población pacifista en una histérica
y belicosa masa que ansiaba destruir Alemania, despedazar a los
alemanes miembro por miembro, marchar a la guerra y salvar el
mundo. Fue un logro mayúsculo, y condujo a otros logros.
En
esa misma época y después de la guerra, las mismas
técnicas fueron empleadas para estimular el Miedo a las
Rojos. Como se sabe, con ellas se alcanzó un enorme éxito
en la destrucción de sindicatos Y en la eliminación
de peligrosos problemas como la libertad de prensa y la libertad
del pensamiento político. Esta cruzada contó con
un fuerte apoyo de los medias de comunicación y de las
grandes empresas, que organizaron y empujaron el trabajo.
Lenguaje
persuasivo
Entre
los que participaron con entusiasmo había algunos intelectuales
progresistas, gente del círculo de (el filósofo
y educador) John Dewey, quienes sentían gran orgullo en
mostrar ?como se puede ver por sus escritos de esa época?
que "los más inteligentes miembros de la comunidad"
?como se llamaban a sí mismos? hacían desviar hacia
la guerra a una población que no la deseaba, aterrorizándola
e inflamándola de un fanatismo patriotero.
Los
medios que se emplearon fueron de los más imaginativos.
Hubo, por ejemplo, una caudalosa fabricación de atrocidades
cometidas: niñitos belgas con los brazos arrancados v adolescentes
alsacianas a las que reventaban la cabeza contra la pared y toda
suerte de cosas horribles que aún se pueden leer en los
libros de historia. Fueron inventadas por el Ministerio de Propaganda
británico, cuyo compromiso central en aquel tiempo ?tal
como lo escribieron en las actas de sus deliberaciones secretas?
era controlar el pensamiento de todo el mundo. Pero lo que más
interesaba era controlar el pensamiento de los miembros más
inteligentes de la comunidad de los Estados Unidos, quienes podrían
difundir la propaganda que el Ministerio había tramado
y convertir un país pacifista en un histérico guerrero.
La
propaganda es a la democracia lo que la cachiporra o la picana
eléctrica a los gobiernos totalitarios. Estados Unidos
fue el pionero en la industria de las relaciones públicas.
El objetivo de esa industria es controlar la mente de las masas.
Estados Unidos aprendió mucho de la Comisión Creely
del rédito obtenido con el miedo a los Rojos.
Es
una vasta industria. Gasta actualmente unos mil millones de dóIares
al año. El mensaje esencial es que debemos trabajar todos
juntos y en armonía en pro del ideal norteamericano Quién
podría estar contra un slógan como "Apoye a
nuestros soldados?" Todas son frases vacuas. De hecho, si
le preguntan a usted: "¿Apoya a la gente de Iowa?"
Respondería que sí, por supuesto sin saber muy,
bien lo que eso significa. Lo que todo eso significa es: apoye
a nuestra política. Pero usted no quiere que la gente se
dé cuenta de eso. Aquí está la sutileza de
la buena propaganda. Se trata de crear un sIogan al que nadie
pueda oponerse y al que todos apoyan porque nadie sabe lo que
significa, porque la atención está desviada de aquello
que sí significa algo: "¿Apoya Usted nuestra
política?"
(Noam
Chomsky, Profesor de Lingüístíca en el MIT
(Massachusetts Institute Technology) y autor de Sobre poder e
ideología, Ilusiones necesarias y Cómo fabricar
el consenso)