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Problemática de la Comunicación
Programa 2001

UNIVERSIDAD NACIONAL DE LOMAS DE ZAMORA.
FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES
Cátedra: PROBLEMATICA DE LA COMUNICACION.

AÑO 2005

Equipo docente:

Roberto Marafioti, Carlos Lagorio, Lilia Jorge, Oscar Amaya, Nicolás Pinkus, Marcelo Arias, Patricio Grinberg , Mariana Cuñarro y Mauro Lococo.

PROGRAMA DE LA MATERIA

FUNDAMENTACION:

La materia está destinada a todos alumnos ingresantes a la Facultad de Ciencias Sociales. Ello supone -dado que se dictan diferentes carreras en esta Unidad Académica- que existen distintas expectativas en cuanto a los contenidos que se brindarán en una materia introductoria. Las líneas que siguen apuntan a tratar de fundamentar los criterios que llevaron a la organización del Programa y a las opciones teóricas que supone.

Además, el Programa trata de cumplir una doble finalidad:

* ser un efectivo auxiliar para el ordenamiento para el estudio,

y

* una suerte de contrato que se propone y explicita a cada alumno.

Una recorrida veloz por el Programa puede hacer parecer que el tiempo es escaso y que los temas son muchos, sin embargo hay una fuerte continuidad entre las temáticas abordadas y estamos persuadidos de que si compartimos el esfuerzo se podrán alcanzar provechosos resultados.

Es necesario, con todo, formular algunas consideraciones. La vida universitaria lleva una serie de modificaciones importantes respecto al mundo de la escuela media en cuanto a la dedicación al conocimiento, los vínculos pedagógicos y las relaciones interpersonales entre alumnos y docentes. En un sentido es un ámbito más libre, en otro sentido supone una mayor responsabilidad individual. No habrá controles diarios de asistencia o lectura pero es muy difícil dejar de lado ambas condiciones que están implícitas en la vida académica.

Ser universitario exige compromisos. Una mirada desaprensiva podría engañar haciendo creer que no hay reglas. Las reglas son otras, pero hay reglas. De allí que se remarque la necesidad de ir incorporando los temas paulatinamente conforme se vayan desarrollando en las clases teóricas y prácticas. La lectura de la bibliografía debe ser realizada de manera simultánea a la asistencia a los cursos. Abarrotarse, a último momento, en la mayoría de los casos suele provocar indigestiones estériles.

Un aspecto que se debe incluir en estas consideraciones generales es que la bibliografía que figura como obligatoria lo es con independencia que ella sea tratada específicamente en las clases teóricas o prácticas. La vida universitaria también supone estar en condiciones de enfrentarse a un texto nuevo y poder comprender sus supuestos, hipótesis y conclusiones. De manera que si un material no llega a completarse en cuanto a su explicación en las clases teóricas o prácticas, los profesores encargados de cada uno de los cursos podrán continuar con el desarrollo del programa propuesto. Para ello se ha diseñado un Cronograma Tentativo de actividades que permitirá orientarse en cuanto a qué tema se desarrollará en cada clase. Además existe un horario de consulta los días miércoles de 16 a 18 horas en el cual una profesora de la materia estará dedicada a resolver los problemas que presenten los alumnos acerca de las lecturas que puedan ofrecer dificultades. Este espacio de consulta es de asistencia libre y sólo se requiere ir al aula establecida. No se exige asistencia ni tampoco se brindarán allí materiales nuevos de lectura. Es sólo un lugar en el que los alumnos pueden concurrir para reforzar su estudio y comprensión.

Vivimos un tiempo de mutaciones profundas, de hondas inestabilidades, de quiebre de certidumbres. Tiempo atravesado por agudas transformaciones políticas, sociales y culturales y por el vertiginoso avance de las tecnologías de la comunicación y la información. La materia está ubicada en medio de esta situación y en una realidad compleja y particular. Compleja porque así lo es el período que atraviesa la Argentina y el continente latinoamericano. Particular porque nos encuentra en un contexto crítico, el de las universidades públicas y en una Universidad mediana como esta de Lomas de Zamora. No estamos en una universidad enorme como la de Buenos Aires, Córdoba o La Plata ni tampoco estamos en una universidad de reciente creación.

La materia se organiza en torno a ejes temáticos referidos a la cultura y las comunicaciones.

A partir de aquí interesa iniciar un recorrido sobre las distintas posiciones que concitó el desarrollo del concepto de cultura. La historia del término es larga, los supuestos también. Interesa ver las diferentes concepciones y sus correlatos socio-históricos. En la medida en que se sostiene una postura que ve en la cultura una práctica colectiva con plurales manifestaciones se da una inmediata relación con conceptos conexos. De allí que importe seguir formulando preguntas en torno a la pertinencia de los conceptos de cultura popular, de la cultura nacional y de la cultura latinoamericana.

En un mundo donde se propone la planetarización cultural, la globalización y la internacionalización, la cultura nacional como problemática específica parece ponerse en cuestión. Comprobar estas situaciones nos hace, sin embargo, no seguir aferrados a posiciones del pasado, pero tampoco nos hace caer fascinados ante planteos que pueden resultar pasajeros y epidérmicos. Espejos de colores teóricos que pueden subyugar a algún intelectual desmemoriado pero que no aporta ninguna novedad en el tiempo largo de la historia. La realidad es compleja, se organiza desde plurales puntos de vista e intentamos en esta materia cubrir algunas facetas, sólo algunas.

No se puede dejar de reconocer que, a pesar de las distintas modulaciones sociales (no se vive aquí en medio del consumismo extremo, ni siquiera superamos la modernización), existen en las distintas metrópolis del mundo situaciones análogas: la calidad urbana se deteriora fruto de la contaminación y de la falta de previsión, la marginalidad, la pobreza y la violencia son el fruto palmario de la aplicación de políticas de ajuste y reforma del Estado gobernados por principios neoliberales.

La penetración de la informática opera en la producción y la administración pública y privada (a pesar, en algunos casos, de las ineficiencias de ambas), las comunicaciones satelitales se organizan desde cualquier lugar del mundo, el impacto de difusión originado por el video, el CD y el DVD permiten un acceso generalizado a manifestaciones que otros medios masivos no lograron, el ida y vuelta de grandes cantidades de personas de un país a otro contacta con innumerables manifestaciones culturales.

Todos estos son fenómenos que sumados al desentendimiento o al retiro, que en algunos países como el nuestro, hizo el Estado de determinadas áreas vitales para la vida social, provocó desequilibrios sociales que resultaban impensables hace sólo cuarenta años. Los problemas del desempleo y la cantidad de habitantes que no acceden a los servicios elementales (salud, vivienda, agua potable, educación) si bien en Latinoamérica tiene manifestaciones mucho más evidentes, dramáticas y dolorosas, se dan en otras regiones del planeta, aun en los países centrales. No se afirma con esto la homogeneidad absoluta. La estructura sobre las que se asientan las realidades es nítidamente distinta en cada caso, pero hay fenómenos que son análogos, desconocerlos llevaría a quedarse en una insularidad perniciosa para pensar un proyecto de futuro. Los niveles de pobreza que se han alcanzado en los últimos años en nuestro país hizo que tengamos que convivir con el hambre y la desnutrición infantiles como fenómenos que no fueron excepcionales sino que han llegado y costará hacerlos partir de nuestra vida cotidiana.

La crítica al modelo implantado en la Argentina en la década de los ’90 es ya una muletilla conocida pero no por ello merece desconocerse. Más bien puede resultar productivo realizar un ejercicio de las implicancias que ese modelo tuvo sobre la vida cotidiana de los argentinos. No debe dejarse de lado la reflexión en torno a los efectos que ese diseño provocó sobre las conciencias individuales. El imperativo del éxito económico, del individualismo extremo y del desprestigio de la educación pública son aspectos que es preciso revisar para ver los efectos que provocaron sobre los estudiantes. Sobre los docentes y, quizás lo más difícil de reparar, sobre las instituciones.

Es por todo ello que, en nuestro caso, se elige hablar más de multiplicidad de subculturas según zonas, clases sociales, edades, niveles de escolarización. Sin duda los jóvenes, los intelectuales, los sectores medios y medio-altos de la sociedad reciben los influjos culturales de los países capitalistas desarrollados mucho más acentuadamente que otros sectores sociales, pero ello no permite asegurar que en todos los casos los fenómenos que se dan sean meramente de copia, hay reprocesamientos, reconfiguraciones y recomposiciones (verbigracia, el rock nacional, los programas televisivos, las formas de organizar el tiempo libre, etc.). Sobre las actitudes extremas o "metafísicas" que reivindican exclusivamente el espacio de lo "nacional" y lo "popular" - que en general vienen de la mano de lo reaccionario, ultramontano y autoritario o de los más escandalosos negocios culturales - preferimos hablar de configuraciones propias de insumos no nacionales.

El otro gran eje temático del que trata la materia se ubica alrededor de las comunicaciones. Aquí también es necesario advertir que el desarrollo tecnológico en esta área adquirió una velocidad desconocida hasta hace tan sólo una década. Esta revuelta tecnológica hace que los medios de difusión masiva hayan adquirido una importancia y una influencia fundamental.

Las décadas de los '40 y '50 estuvieron signadas, en algunos países, por el descubrimiento de los fenómenos masivos y el encandilamiento que provocaba suponer a los medios como poseedores de una auténtica omnipotencia.

Los años '60 y '70, por el contrario, despertaron una vocación crítica e impugnadora característica y correlativa de un momento en el que estas actitudes estaban al servicio de creencias en futuras transformaciones sociales que se anunciaban como inminentes e irreversibles. La influencia de posturas teóricas que, en algunos casos eran anteriores a estos años, afloraron con toda fogosidad en este lapso. Las utopías no tardaron en esfumarse tanto en Europa, por una acentuada crítica a la modernidad, cuanto en Latinoamérica, por las mordazas impuestas por las dictaduras.

Los últimos decenios del siglo XX fueron marcados por posiciones más distantes. Reconocen la importancia de los fenómenos masivos y tecnológicos, los condicionantes e incluso las manipulaciones que provocan, sobre todo en países de fuertes contrastes sociales, como el nuestro, pero, al mismo tiempo, son estudiados en su misma condición y a partir del reconocimiento de la legitimidad e incluso del placer que provoca su existencia.

Estos temas y otros más que se verán a lo largo del cuatrimestre conforman el desarrollo de una materia pensada esencialmente para ubicar a los alumnos en un tiempo complejo, habitado por las incertidumbres. El inicio de la vida universitaria es también un tiempo complejo, más aún en una época crítica, como la actual. Conscientes de esta realidad, desde el pequeño lugar de la cátedra de Problemática de la Comunicación nos preocupa ir cimentando la vocación por el conocimiento, la crítica y la polémica propias e imprescindibles en las aulas universitarias.

OBJETIVOS:

La materia se propone al final del curso que los alumnos:

• estén en condiciones de reconocer las distintas concepciones y la complejidad que incluye el concepto de cultura.

• sean capaces de tener una actitud analítica en relación a los mensajes que son transmitidos por los medios masivos.

• asuman la complejidad y el desafío de conocer una realidad compleja y cambiante y el impacto que ella ocasiona sobre las problemáticas comunicacionales.

• reconozcan el estado de los cambios tecnológicos producidos en los últimos años y su efecto sobre las realidades de los países latinoamericanos.

• Puedan advertir los fenómenos de internacionalización de la comunicación y las políticas culturales que se deben encarar diferenciando la faz pública de la faz privada.


LOS TRABAJOS PRACTICOS.

“Si uno es afortunado, se encontrará con un profesor que lo ayude; pero al cabo está solo y debe seguir adelante sin más mediaciones”.
Harold Bloom.

La mirada

En el presente año los trabajos prácticos se dedicarán a un estudio específico dentro del contexto general de la materia. Estarán dirigidos a revisar la mirada a lo largo de la historia de Occidente. La mirada supone una organización del mundo, una forma de estructurar la realidad. Una forma de aceptar hechos como visibles, aceptables, creíbles. No siempre se han dado como ciertos los mismos fenómenos. Hoy no dudamos de lo que vemos en las pantallas de televisión o de lo que proponen las pantallas de las computadoras, sin embargo, esto supuso una adecuación respecto de nuevas tecnologías que no siempre existieron. Del mismo modo que la aparición del libro implicó una forma de volver creíbles las narraciones que se leían, algo similar ocurrió cuando se desarrollaron las tecnologías de reproducción de los fenómenos visuales.

Las tecnologías desde siempre han servido como mediaciones, como ortopedias refinadas. Toda tecnología construye nuevos mundos y maneras de vivir. Desde la escritura a la imprenta. Desde la pintura a la fotografía. Desde el cine a la videocámara. Si no estamos ya definitivamente en la posmodernidad (no es sólo porque vivimos en un país pobre y desvastado), es también porque, entre otras cosas, aún persistimos en ilusionarnos en lo que queda del sueño moderno, es decir, en el poder de la tecnología para mejorar la vida, para mejorar el destino.

Las tecnologías de la comunicación contribuyen a crear nuevas realidades que no sólo transmiten mensajes del mundo empírico, sino que diseñan nuevos mundos, o por lo menos nuevas versiones del mundo. El relato de un suceso no es el suceso en sí, y sí mucho más que su mera referencia. En la comunicación, el impacto de las nuevas tecnologías resultó no sólo cuantitativo, sino cualitativo.

Mirar y mostrar con arte (es decir, artificiosamente) transforma la mirada y al mismo tiempo la consideración de lo mirado. ¿Qué es un paquete de cigarrillos desechado y aplastado, el resto de un producto que aún muestra su marca comercial o un elemento del paisaje urbano de entidad semejante a un árbol o un río? ¿Lo que queda en un plato de comida es simplemente un resto de comida o algo que está más acá o más allá de la ingestión? ¿Una zapatilla o una alpargata desparejada y confundida en la tierra siguen siendo calzado, cuando ya no hay nada para calzar? Estas preguntas pueden interpretarse como artísticas como filosóficas y aun como políticas, pero vienen de lejos. Se podrían formular de otro modo, ¿quiénes son Los Embajadores que pintó Holbein, qué sentido tiene su exposición y el disco que se reproduce en el inferior del cuadro?, ¿existen o existieron los mundos que mostró Miguel Ángel en la capilla Sixtina?, ¿quiénes son Las Meninas de Velásquez, quién es el protagonista de ese cuadro, es el pintor o el espectador que involuntariamente es incorporado a la escena?

¿Dónde reside, entonces, la cuestión? En la singularidad de la mirada humana entre todo el universo de lo existente. Mirar y ver no es únicamente convertir percepciones luminosas en imágenes mentales significativas. Mirar y ver transforma y nos transforma. Lo que hacemos nos hace, y lo que vemos nos conduce a hacer. Cuando miramos, no sólo buscamos percibir; mirar es construir o por lo menos pretenderlo. El hombre no es recolector o predador, sino constructor, y traza su ámbito y dimensión constructiva mediante la mirada.

Hoy, por ejemplo, la fotografía digital crece con un concepto de la práctica fotográfica que arranca de la primera gran oleada de difusión de la foto, pero que ahora se manifiesta de modo distinto. La cotidianidad que se fotografía ahora no son nuestros hijos jugando en una plaza, sino otra, desprovista de la solemnidad en la práctica del arte y de la consideración de lo que se muestra como algo único e irrepetible.

Estos fenómenos son los que se pretenden estudiar a lo largo del tiempo. Para ello además de la bibliografía de lectura obligatoria para los trabajos prácticos se propone una breve introducción acerca de los estilos artísticos de Occidente. Ello permitirá acceder a la forma en la que se fue representando la realidad a lo largo de los siglos. No siempre se organizó la exposición de los objetos de la misma manera. Hasta un momento la preocupación central fue la reproducción de los objetos que se veían. Luego comenzó a alterarse esta vocación porque hubo fenómenos tecnológicos que realizaban esa reproducción de modo más eficaz. Surgió entonces la presencia del pintor como sujeto que estaba interesado en transmitir su peculiar visión de una situación determinada. El estilo se volvió más subjetivo y personal y, al mismo tiempo, se requirió que el espectador se comprometiera más en lo que veía para que pudiera compartir una experiencia determinada. Estos fenómenos que se pueden rastrear en la historia del arte, se repiten con la multiplicación de las nuevas tecnologías en las diferentes formas de reproducción de la realidad. De modo que al estudio de estos fenómenos apuntan los materiales que se deberán leer para los trabajos prácticos. Pero también habrá que mirar. Para ello se publica en la página de Internet un archivo que contiene una serie de pinturas en las que se puede advertir la evolución de los estilos artísticos y se busca con ello desentrañar la correspondencia con otros fenómenos contemporáneos pero que se entrelazan. La ciencia y la filosofía pero también la política y la historia están presentes de manera inexcusable.

Otra advertencia que habla de la tecnología pero habla asimismo de nuestra situación cotidiana. Hoy es impensable que el conocimiento circule sólo a través de textos escritos. La validación que las universidades hacen del conocimiento compite de modo insalvable con la tecnología y con las habilidades que cada uno tiene respecto de la búsqueda de información. Así se ha vuelto una obligación en la vida universitaria el manejarse con la computadora y con Internet. En la Facultad de Ciencias Sociales se disponen de computadoras con conexión a Internet gratis. No son muchas pero están disponibles. De manera que se convierte en una imposición el tener que manejarse con ellas. Además existen opciones en cibercafés que, por unas pocas monedas, se puede navegar y buscar información. En el caso que nos compete, hay un sinnúmero de museos que cuentan con páginas web donde se pueden ver las obras de arte expuestas.

Los alumnos podrán consultar las siguientes direcciones web para hacen un recorrido virtual por diferentes museos del mundo. Son unos pocos, pueden visitarse muchos más. Todo depende de la vocación y del interés por avanzar en una temática que resulta fascinante más aún disponiendo de una tecnología que nos permite evitar la confrontación con la distancia geográfica de los grandes museos del mundo.
Las direcciones son,
www.nationalgallery.org.uk ;
www.metmuseum.org ;
www.louvre.fr/espanol.htm ;
www.museoprado.mcu.es ;
www.firenzemusei.it/index1.html

El cine y la literatura

Además de la lectura de los materiales para el cursado en los trabajos prácticos, los alumnos deberán leer dos cuentos y ver en sus casas una película. Los dos textos literarios son: “Cartas de mamá” de Julio Cortázar y “Deutsches Requiem” de Jorge Luis Borges. La película es Cartas de París que se estrenó en el año 2004 pero ya está accesible en los videoclubes.

La lectura y la película apuntan a promover una actividad que es fundamental en las aulas universitarias pero que excede a ellas. Se trata de confrontar con la imaginación y con las transposiciones de fenómenos textuales de la literatura al cine. Es un ejercicio que ronda y bordea el placer que debe tener siempre el conocimiento. Es esta premisa la que llevó a la Cátedra a ofrecer un espacio que combine la calidad de escritores argentinos con una película que retoma el cuento de Cortázar desde una óptica propia e incluso sin citar su origen. Para la lectura y la película se les brindará oportunamente a los alumnos una guía de trabajos y en el segundo examen parcial y en el final, los alumnos deberán dar cuenta del conocimiento de esos materiales.

Una frase de Francis Bacon (1561-1626) señala que “la lectura produce personas completas; la conversación, personas dispuestas y la escritura, personas precisas”. Se debería asumir el desafío de pensar qué tipo de personas provoca la lectura de imágenes. Seguramente no personas completas, ni dispuestas, ni precisas pero sí, sin dudas, inquietas. Es desde esa sensación que se debe reiniciar un camino para restablecer una relación fructífera e inteligente entre imagen y pensamiento.

CONTENIDOS:

UNIDAD 1: CULTURA Y COMUNICACION.

Distintas definiciones del concepto de cultura. Cultura y naturaleza. La cultura desde la perspectiva antropológica. Evolucionismo cultural. Estructuralismo. Cultura y comunicación. La cultura como proceso social de producción de significación. La cultura latinoamericana y la cultura popular como conflicto por la hegemonía. La investigación de las comunicaciones en América Latina.

UNIDAD 2: PODER, COMUNICACIÓN Y COMUNICACIÓN DE MASAS

Poder e interacción social. Los medios técnicos de la comunicación. Interacción, mediación y comunicación. Diferentes tipos de interacción. La cuasi interacción mediática y su impacto en la organización social. El problema de la cultura de masas. El sentido como construcción social. La comunicación de masas analizada por Umberto Eco

UNIDAD 3: LAS TECNOLOGÍAS DE LA COMUNICACIÓN.

Poder político y nuevas formas de mediación simbólica. Orígenes del papel y las técnicas de impresión. El comercio en las noticias: orígenes y desarrollo. El crecimiento de las industrias de los medios. La cultura colonial. Inicio del periodismo en el Río de la Plata. La generación de de 1837 en el Río de la Plata. La prensa en la época rosista. La generación post Caseros y los primeros proyectos editoriales. El surgimiento de los primeros periódicos nacionales. La generación del ’80.

UNIDAD 4: PARADIGMAS DE ANÁLISIS DE LOS MEDIOS MASIVOS DE COMUNICACIÓN DESDE UNA VISION SISTEMICA

De la sociología de las comunicaciones de masas al análisis de contenido. La teoría hipodérmica. El modelo de Harold D. Lasswell. El análisis funcionalista de las comunicaciones masivas. El análisis de los medios de Niklas Luhmann. Cultura de masas e “industria cultural”.

UNIDAD 5: EL ANÁLISIS DE LOS MEDIOS MASIVOS DESDE UNA VISION CRITICA.

La primera generación de la Escuela de Frankfurt: Horkheimer, Adorno y Marcuse. Walter Benjamin. La segunda generación de la Escuela de Francfort: Jürgen Habermas y la teoría de la acción comunicativa.
La corriente de los Estudios Culturales británica y los medios masivos. Marshall Mc Luhan, profeta y precursor de la aldea global.

UNIDAD 6: SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN Y DEL CONOCIMIENTO.

Realidades internacionales contemporáneas. La economía de la información en el contexto de la internacionalización. La emergencia de las redes globales de comunicación. La sociedad de la información. La teoría de Manuel Castells.
La internacionalización y sus efectos sobre los medios de comunicación. Políticas culturales. La política cultural desde el Estado, desde el sector privado, desde el sector público.

BIBLIOGRAFIA OBLIGATORIA.

UNIDAD 1:
Bibliografía de las clases teóricas:
Roberto Marafioti: Sentidos de la Comunicación, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2005, Capítulo 1.
Claude Lévi-Strauss: Mito y significado, Cap. 1 y 2, Alianza Editorial, Buenos Aires, 1986.

UNIDAD 2:
Roberto Marafioti: Ob. Cit., Cap. 2.
Pierre Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo, México, 1990.


UNIDAD 3:
Roberto Marafioti, Ob. Cit., Cap. 3.
J. B. Thompson, Ideología y cultura moderna. Teoría crítica social en la era de la comunicación de masas, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 1998.
Lilia Jorge, Orígenes y desarrollo del campo cultural argentino. Ideas, literatura, periodismo, Oxímoron, Buenos Aires, 2004.

UNIDAD 4:
Roberto Marafioti, Ob. Cit., Capítulo 4.
Niklas Luhmann, La realidad de los medios de masas, Anthropos (Universidad Iberoamericana), Universidad Latinoamericana, México-Barcelona, 2000.

UNIDAD 5:
Roberto Marafioti, Ob. Cit., Capítulo 5.
María Elisa Cevasco, “Un plan de trabajo: Culture is ordinary”, en Para leer a Raymond Williams, Universidad Nacional de Quilmas, Buenos Aires, 2003, pág. 47-81.

UNIDAD 6:
Roberto Marafioti, Ob. Cit., Capítulo 6.
Claudio Rama, Cap. V “La comercialización global de la cultura”, en Economía de las industrias culturales en la globalización digital, EUDEBA, Buenos Aires, 2003, pág. 105- 158

BIBLIOGRAFIA OBLIGATORIA PARA LAS CLASES PRACTICAS.

Thomas Hoving, Cap. 7. El Renacimiento y los renacimientos, Cap. 8 El “renacimiento” en el norte de Europa, Cap. 9 El manierismo: sensualidad y extravagancia, Cap. 10 El barroco: la verdadera edad de oro, Cap. 11 El brilante siglo XVIII, Cap. 12 El neoclasicismo y la reacción romántica, Cap.13 El impresionismo (la poesía de la tierra y el hombre), Cap. 14 El postimpresionismo (o mejor el premodernismo), Cap. 15 El arte moderno: lo destacado, en Arte, Norma, Bogotá, 2003.
María José Zapatero Molinero, “La familia. Frans Hals”, “La guerra. Giacomo Balla” y “La rapidez”, en itinerarios. Las mentalidades sociales, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, 2001
Carlos Lagorio, Cap. I, II, IV, V, VI, en Cultura sin sujeto. El dominio de la imagen en la postmodernidad, Biblos, Bs. As., 1987.
Arnold Hauser, “Cap. III. El manierismo y el arte moderno”, en Origen de la literatura y del arte modernos. Tomo III Literatura y manierismo, Guadarrama, Madrid, 1974.
Daniel Bell, Cap. I (selección), en Contradicciones culturales del capitalismo, Grijalbo, México, 1987.
Donald Lowe, Cap. I “Introducción” y Cap. VI “De la Linealidad a la multiperspectividad”, en Historia de la percepción burguesa, FCE, Buenos Aires, 1986.
Walter Benjamín, “La obra de arte en la era de la reproducción técnica”, en Discursos Interrumpidos, Taurus, Buenos Aires, 1995.
-----------, “Sobre algunos temas en Baudelaire”, en Ensayos escogidos, Sur, Bs. As., 1967.
Charles Baudelaire, Los ojos de los pobres, en Spleen de París, Aguilar, México, 1961.
Martin Jay, “La crisis del antiguo régimen escópico”, Artefactos N° 1, CBC- Eudeba, Bs. As. 1986.
-----------, “Regímenes escópicos de la modernidad” en Campos de fuerza, Paidós, Bs. As, 2003.
Jonathan Crary, “La modernidad y la cuestión del observador”, Artefactos, N° 1.
Régis Débray, “Cap. 8. Las tres edades de la mirada”, en Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente, Paidos, Barcelona, 1994.
Julio Cortázar, “Cartas de mamá”, en Cuentos Completos 1, Alfaguara, Buenos Aires, 1996.
Jorge Luis Borges, « Deutsches Réquiem », El Aleph, Emecé, Buenos Aires, 1949.

BIBLIOGRAFIA COMPLEMENTARIA

AA. VV., Videoculturas de fin de siglo, Cátedra, Madrid, 1990.
Jacques Aumont, La imagen, Paidós, Barcelona, 1992.
Roland Barthes, La cámara lúcida, Paidós, Barcelona, 1992.
Manuel Castells, La era de la información. Economía, sociedad y cultura, 3 vols. Alianza, Madrid, 2000.
Umberto Eco, Apocalípticos e integrados ante la sociedad de masas, Lumen, Barcelona, 1973
------------, La estrategia de la ilusión, Lumen / de la Flor, Buenos Aires, 1988.
Pierre Bourdieu, “Algunas propiedades de los campos”, “El mercado lingüístico”, en Sociología y Cultura, Grijalbo, México, 1990.
------------, Campo intelectual y proyecto creador, Folios, Buenos Aires, 1985.
Guy Débord, La sociedad del espectáculo, La Marca, Buenos Aires, 1988.
------------, Comentarios a la sociedad del espectáculo, Anagrama, Barcelona, 1990.
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica del Iluminismo Sudamericana, Buenos Aires, 1988.
Stuart Hall, "Estudios culturales: dos paradigmas" en Causas y Azares Nro. 1, Buenos Aires, 1994.
Gilles Lipovetsky, La era del vacío, Anagrama, Barcelona, 1992.
Régis Débray, Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente, Paidós, Barcelona, 1994.
---------------, Transmitir, Manantial, Buenos Aires, 1997
---------------, El estado seductor. Las revoluciones mediológicas del poder, Manantial, Buenos Aires, 1998.
Fredric Jameson, “Sobre los ‘Estudios Culturales’”, en F. Jameson y Slavoj Zizek, Estudios Culturales. Reflexiones sobre el multiculturalismo, Paidós, Bs. As., 1998.
Homi K. Bhabha, “’Raza’, tiempo y la revisión de la modernidad”, en El lugar de la cultura, Manantial, Buenos Aires, 2002.
Renato Ortiz, Mundialización y cultura, Alianza, 1997.
James Curran, David Morley y Valerie Walkerdine (comps.), Estudios culturales y comunicación. Análisis, producción y consumo cultural de las políticas de identidad y el postmodernismo, Paidós, Barcelona, 1998.
Edwin Panofsky, La perspectiva como forma simbólica, Tusquets, Barcelona, 1986.
Jean-Pierre Venant, La muerte en los ojos, Gedisa, Barcelona, 1986.
Raymond Williams, Sociología de la cultura, Paidós, Barcelona, 1983.


CRONOGRAMA.

El curso durará 16 semanas, organizadas en 14 clases más las dos evaluaciones. A continuación se publica la propuesta de dictado del curso con el cronograma, que puede estar sujeto a modificaciones, pero que sirve para ordenar el dictado de la materia con los temas que se desarrollarán en las clases teóricas y prácticas.

CRONOGRAMA TEÓRICOS Y PRÁCTICOS. 1° CUATRIMESTRE 2004

Fechas
Teóricos
Prácticos
30 – 3 Roberto Marafioti, Sentidos de la Comunicación, Cap. I Presentación de la materia – Thomas Hoving, Arte. Daniel Bell, Selección de Contradicciones culturales del capitalismo.
6 – 4 Cap. I, Idem A. Hauser y María José Zapatero Molinero
13 – 4 Cap. I, Idem Donald Lowe, Cap. I, Historia de la percepción burguesa.
20 – 4 Capítulo II, Idem. D. Lowe – De la linealidad a la multiperspectividad, Ob. Cit.
27 – 4 Capítulo III, Idem. Carlos Lagorio. Selección de Cultura sin sujeto
4 – 5 Lilia Jorge, Orígenes y desarrollo del campo cultural argentino. Ideas, literatura, periodismo. Walter Benjamín – “La obra de arte en la era de la reproducción técnica”.
11 – 5 Lilia Jorge, Ob. Cit. Benjamín – “Sobre algunos temas en Baudelaire”.
18 – 5 ------------------------------ 1er. Parcial
1 – 6 Roberto Marafioti, Cap. IV, Ob. Cit. Martin Jay – “La crisis del antiguo régimen escópico”.
8 – 6 Roberto Marafioti, Cap. IV, Ob. Cit. M. Jay – Regímenes escópicos de la modernidad.
15 – 6 Cap. V Jonathan Crary – La modernidad y la cuestión del observador.
29 – 6 Cap. V y VI Régis Débray – El estado seductor.
----, “Las tres edades de la mirada”, en Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente.
6 – 7 Cap. V  
29 – 6 Cap. V y VI Régis Débray – El estado seductor.
----, “Las tres edades de la mirada”, en Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente.
6 – 7 ----------------------------- 2° Parcial
13 – 7 ----------------------------- Recuperatorio 1° y 2° parcial
Exámenes Finales Primer llamado 27 de julio Segundo llamado 3 de agosto

MODALIDAD DE DICTADO DEL CURSO.

El curso se organiza sobre la base de clases teóricas y comisiones de clases teórico-prácticas con un docente a cargo de cada curso.

Se dictarán clases teóricas los días miércoles en los horarios de 8 a 10, 10 a 12, 14 a 16, 18 a 20 y 20 a 22.00. Los días miércoles correspondientes a la semana de exámenes parciales no se dictará el teórico respectivo.

Las comisiones de clases teórico-prácticas trabajarán los conceptos manejados en la bibliografía, como así también las opiniones que cada docente juzgue acerca del tema trabajado. Otro aspecto importante gira en torno a la aplicación que tienen estos conceptos en la experiencia concreta de cada uno frente a los medios de comunicación o en situaciones comunicativas cotidianas.

EVALUACION.

1. SISTEMA DE EVALUACION.

El sistema de evaluación está organizado sobre la base de dos aspectos fundamentales y un tercero suplementario.

El primero apunta a realizar un control de lectura de los temas desarrollados en clase y su indicación de la lectura obligatoria para la aprobación del curso.

El segundo aspecto se refiere a la capacidad que se demuestre de relacionar conceptos y estar en condiciones de extraer conclusiones sobre las temáticas abordadas.

En tercer lugar figura el criterio personal del alumno en cuanto a la lectura de la bibliografía y a las opiniones vertidas a lo largo del curso.

Las evaluaciones han sido programadas en el horario de las respectivas comisiones de trabajos prácticos en la fecha que figura el cuadro descripto más arriba.

2. REGIMEN DE PROMOCION.

La materia puede ser aprobada por dos tipos de regímenes:

a) el de promoción sin examen final y

b) el de promoción con examen final.

En ambos casos la promoción de la materia requiere la aprobación de dos exámenes parciales.

Los alumnos aplazados en alguno de los parciales y los ausentes a uno de los exámenes rinden un examen parcial recuperatorio al final del cuatrimestre.

En este caso no se puede promocionar la materia sin rendir examen final. Los alumnos que se presentan al examen recuperatorio sólo serán evaluados en términos de aprobado/desaprobado.

El examen final abarca el conjunto de las temáticas tratadas a lo largo del curso y, en consecuencia, se exigirá la lectura de toda la bibliografía obligatoria.

a) Requiere de la aprobación de los dos exámenes parciales con una nota de 7 (siete) puntos o más en ambos. Estas notas no son promediables. Deben inscribirse a finales y registrar la promoción en el primer llamado a exámenes del turno inmediato posterior a la finalización del curso. No se firmarán promociones en el segundo llamado. Los alumnos que no registren su promoción en los plazos indicados, perderán el derecho a la misma y deberán rendir el examen final. El trámite de firma de las promociones no es personal.

b) Requiere de la aprobación de los dos exámenes parciales con una nota superior a 4 (cuatro) en ambas evaluaciones. Estas notas no son promediables.

Los alumnos que regularizan la materia en este cuatrimestre pueden rendir el examen final escrito en el segundo llamado. Si optan por presentarse a dar examen oral deberán hacerlo en la primera fecha del turno de exámenes. Aquellos que opten por no dar examen en el turno correspondiente a su cursada darán examen final oral.

EXAMENES LIBRES.

Los alumnos que opten por dar la materia en la modalidad de libres deberán rendir un examen escrito y una vez aprobado éste un examen oral. En ambos casos deberán estar en condiciones de manejar la Bibliografía Complementaria que figura en el presente Programa.

PAGINA WEB

Se cuenta además con una página web que es www.robertomarafioti.com allí, en la solapa que corresponde a la UNLZ y a la materia Problemática de la comunicación aparecerá publicado este programa como así también materiales que se pueden consultar y un listado de imágenes de cuadros que se trabajarán en las clases prácticas de modo que se sugiere su empleo. La dirección de correo electrónico está disponible para que los alumnos si lo consideran necesario formulen sus inquietudes o necesidades que siempre son respondidas.

Roberto Marafioti
Marzo de 2005




DEUTSCHES REQUIEM
Jorge Luis Borges
Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.

Job 13:15
Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.

Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.

Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.

Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.

Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.

Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símbolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.

En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.

El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.

Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der SEIT, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y ... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte . Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.

Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.

En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.

Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.

Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.

Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.


Charles Baudelaire,
- XXVI -

Los ojos de los pobres

¡Ah!, queréis saber por qué hoy os aborrezco. Más fácil os será comprenderlo, sin duda, que a mí explicároslo; porque sois, creo yo, el mejor ejemplo de impermeabilidad femenina que pueda encontrarse.

Juntos pasamos un largo día, que me pareció corto. Nos habíamos hecho la promesa de que todos los pensamientos serían comunes para los dos, y nuestras almas ya no serían en adelante más que una; ensueño que nada tiene de original, después de todo, a no ser que, soñándolo todos los hombres, nunca lo realizó ninguno.

Al anochecer, un poco fatigada, quisisteis sentaros delante de un café nuevo que hacía esquina a un bulevar, nuevo, lleno todavía de cascotes y ostentando ya gloriosamente sus esplendores, sin concluir. Centelleaba el café. El gas mismo desplegaba todo el ardor de un estreno, e iluminaba con todas sus fuerzas los muros cegadores de blancura, los lienzos deslumbradores de los espejos, los oros de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de mejillas infladas arrastrados por los perros en traílla, las damas risueñas con el halcón posado en el puño, las ninfas y las diosas que llevaban sobre la cabeza frutas, pasteles y caza; las Hebes y las Ganimedes ofreciendo a brazo tendido el anforilla de jarabe o el obelisco bicolor de los helados con copete: la historia entera de la mitología puesta al servicio de la gula.

Enfrente mismo de nosotros, en el arroyo, estaba plantado un pobre hombre de unos cuarenta años, de faz cansada y barba canosa; llevaba de la mano a un niño, y con el otro brazo sostenía a una criatura débil para andar todavía. Hacía de niñera, y sacaba a sus hijos a tomar el aire del anochecer. Todos harapientos. Las tres caras tenían extraordinaria seriedad, y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con una admiración igual, que los años matizaban de modo diverso.

Los ojos del padre decían: «¡Qué hermoso! ¡Qué hermoso! ¡Parece como si todo el oro del mísero mundo se hubiera colocado en esas paredes!» Los ojos del niño: «¡Qué hermoso!, ¡qué hermoso!; ¡pero es una casa donde sólo puede entrar la gente que no es como nosotros!» Los ojos del más chico estaban fascinados de sobra para expresar cosa distinta de un gozo estúpido y profundo.

Los cancioneros suelen decir que el placer vuelve al alma buena y ablanda los corazones. Por lo que a mí toca, la canción dijo bien aquella tarde. No sólo me había enternecido aquella familia de ojos, sino que me avergonzaba un tanto de nuestros vasos y de nuestras botellas, mayores que nuestra sed. Volvía yo los ojos hacia los vuestros, querido amor mío, para leer en ellos mi pensamiento; me sumergía en vuestros ojos tan bellos y tan extrañamente dulces, en vuestros ojos verdes, habitados por el capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis: «¡Esa gente me está siendo insoportable con sus ojos tan abiertos como puertas cocheras! ¿Por qué no pedís al dueño del café que los haga alejarse?»

¡Tan difícil es entenderse, ángel querido, y tan incomunicable el pensamiento, aun entre seres que se aman!

Julio Cortázar (1914-1984)
CARTAS DE MAMÁ (Las armas secretas, 1959)

Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de franquear el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después del Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores. Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes de eso que acababa de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida. Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después el las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta.
Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco del pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos Aires. Más bien se trataba de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas que son los nombres, esa duración pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura: «Si se pudiera romper y tirar el pasado como el borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro.» En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos Aires donde vivía la familia, donde los amigos de cuando en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el rotograbado de La Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué. Y de cuando en cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué no habían de hablar de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al tiempo de antes, sólo al azar de algún diálogo, y sobre todo cuando llegaban cartas de mamá, dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos de un mundo caduco en la lejana orilla del río.
—Eh oui, fait lourd —dijo el obrero sentado frente a él.
«Si supiera lo que es el calor —pensó Luis—. Si pudiera andar una tarde de febrero por la Avenida de Mayo, por alguna callecita de Liniers.» Sacó otra vez la carta del sobre, sin ilusiones: el párrafo estaba ahí, bien claro. Era perfectamente absurdo pero estaba ahí. Su primera reacción, después de la sorpresa, el golpe en plena nuca, era como siempre de defensa. Laura no debía leer la carta de mamá. Por más ridículo que fuese el error, la confusión de nombres (mamá había querido escribir «Víctor» y había puesto «Nico»), de todos modos Laura se afligiría, sería estúpido. De cuando en cuando se pierden cartas; ojalá ésta se hubiera ido al fondo del mar. Ahora tendría que tirarla al water de la oficina, y por supuesto unos días después Laura se extrañaría: «Qué raro, no ha llegado carta de tu madre.» Nunca decía tu mamá, tal vez porque había perdido a la suya siendo niña. Entonces él contestaría: «De veras, es raro. Le voy a mandar unas líneas hoy mismo», y las mandaría, asombrándose del silencio de mamá. La vida seguiría igual, la oficina, el cine por las noches, Laura siempre tranquila, bondadosa, atenta a sus deseos. Al bajar del autobús en la rue de Rennes se preguntó bruscamente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) por qué no quería mostrarle a Laura la carta de mamá. No por ella, por lo que ella pudiera sentir. No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara. (¿No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara?) No, no le importaba gran cosa. (¿No le importaba?) Pero la primera verdad, suponiendo que hubiera otra detrás, la verdad inmediata por decirlo así, era que le importaba la cara que pondría Laura, la actitud de Laura. Y le importaba por él, naturalmente, por el efecto que le haría la forma en que a Laura iba a importarle la carta de mamá. Sus ojos caerían en un momento dado sobre el nombre de Nico, y él sabía que el mentón de Laura empezaría a temblar ligeramente, y después Laura diría: «Pero qué raro... ¿qué le habrá pasado a tu madre?» Y él habría sabido todo el tiempo que Laura se contenía para no gritar, para no esconder entre las manos un rostro desfigurado ya por el llanto, por el dibujo del nombre de Nico temblándole en la boca.
En la agencia de publicidad donde trabajaba como diseñador, releyó la carta, una de las tantas cartas de mamá, sin nada de extraordinario fuera del párrafo donde se había equivocado de nombre. Pensó si no podría borrar la palabra, reemplazar Nico por Víctor, sencillamente reemplazar el error por la verdad, y volver con la carta a casa para que Laura la leyera. Las cartas de mamá interesaban siempre a Laura, aunque de una manera indefinible no le estuvieran destinadas. Mamá le escribía a él; agregaba al final, a veces a mitad de la carta, saludos muy cariñosos para Laura. No importaba, las leía con el mismo interés, vacilando ante alguna palabra ya retorcida por el reuma y la miopía. «Tomo Saridón, y el doctor me ha dado un poco de salicilato...» Las cartas se posaban dos o tres días sobre la mesa de dibujo; Luis hubiera querido tirarlas apenas las contestaba, pero Laura las releía, a las mujeres les gusta releer las cartas, mirarlas de un lado y de otro, parecen extraer un segundo sentido cada vez que vuelven a sacarlas y a mirarlas. Las cartas de mamá eran breves, con noticias domésticas, una que otra referencia al orden nacional (pero esas cosas que ya se sabían por los telegramas de Le Monde, llegaban siempre tarde por su mano). Hasta podía pensarse que las cartas eran siempre la misma, escueta y mediocre, sin nada interesante. Lo mejor de mamá era que nunca se había abandonado a la tristeza que debía causarle la ausencia de su hijo y de su nuera, ni siquiera al dolor —tan a gritos, tan a lágrimas al principio— por la muerte de Nico. Nunca, en los dos años que llevaban ya en París, mamá había mencionado a Nico en sus cartas. Era como Laura, que tampoco lo nombraba. Ninguna de las dos lo nombraba, y hacía más de dos años que Nico había muerto. La repentina mención de su nombre a mitad de la carta era casi un escándalo. Ya el solo hecho de que el nombre de Nico apareciera de golpe en una frase, con la N larga y temblorosa, la o con una torcida; pero era peor, porque el nombre se situaba en una frase incomprensible y absurda, en algo que no podía ser otra cosa que un anuncio de senilidad. De golpe mamá perdía la noción del tiempo, se imaginaba que... El párrafo venía después de un breve acuse de recibo de una carta de Laura. Un punto apenas marcado con la débil tinta azul comprada en el almacén del barrio, y a quemarropa: «Esta mañana Nico preguntó por ustedes.» El resto seguía como siempre: la salud, la prima Matilde se había caído y tenía una clavícula sacada, los perros estaban bien. Pero Nico había preguntado por ellos.
En realidad hubiera sido fácil cambiar Nico por Víctor, que era el que sin duda había preguntado por ellos. El primo Víctor, tan atento siempre. Víctor tenía dos letras más que Nico, pero con una goma y habilidad se podían cambiar los nombres. Esta mañana Víctor preguntó por ustedes. Tan natural que Víctor pasara a visitar a mamá y le preguntara por los ausentes.
Cuando volvió a almorzar, traía intacta la carta en el bolsillo. Seguía dispuesto a no decirle nada a Laura, que lo esperaba con su sonrisa amistosa, el rostro que parecía haberse dibujado un poco desde los tiempos de Buenos Aires, como si el aire gris de París le quitara el color y el relieve. Llevaban más de dos años en París, habían salido de Buenos Aires apenas dos meses después de la muerte de Nico, pero en realidad Luis se había considerado como ausente desde el día mismo de su casamiento con Laura. Una tarde, después de hablar con Nico que estaba ya enfermo, se había jurado escapar de la Argentina, del caserón de Flores, de mamá y los perros y su hermano (que ya estaba enfermo). En aquellos meses todo había girado en torno a él como las figuras de una danza. Nico, Laura, mamá, los perros, el jardín. Su juramento había sido el gesto brutal del que hace trizas una botella en la pista, interrumpe el baile con un chicotear de vidrios rotos. Todo había sido brutal en eso días: su casamiento, la partida sin remilgos ni consideraciones para con mamá, el olvido de todos los deberes sociales, de los amigos entre sorprendidos y desencantados. No le había importado nada, ni siquiera el asomo de protesta de Laura. Mamá se quedaba sola en el caserón, con los perros y los frascos de remedios, con la ropa de Nico colgada todavía en un ropero. Que se quedara, que todos se fueran al demonio. Mamá había parecido comprender, ya no lloraba a Nico y andaba como antes por la casa, con la fría y resuelta recuperación de los viejos frente a la muerte. Pero Luis no quería acordarse de lo que había sido la tarde de la despedida, las valijas, el taxi en la puerta, la casa ahí con toda la infancia, el jardín donde Nico y él habían jugado a la guerra, los dos perros indiferentes y estúpidos. Ahora era casi capaz de olvidarse de todo eso. Iba a la agencia, dibujaba afiches, volvía a comer, bebía la taza de café que Laura le alcanzaba sonriendo. Iban mucho al cine, mucho a los bosques, conocían cada vez mejor París. Habían tenido suerte, la vida era sorprendentemente fácil, el trabajo pasable, el departamento bonito, las películas excelentes. Entonces llegaba carta de mamá.
No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido caer sobre él la libertad como un peso insoportable. Las cartas de mamá le traían un tácito perdón (pero de nada había que perdonarlo), tendían el puente por donde era posible seguir pasando. Cada una lo tranquilizaba o lo inquietaba sobre la salud de mamá, le recordaba la economía familiar, la permanencia de un orden. Y a la vez odiaba ese orden. Y a la vez odiaba ese orden y lo odiaba por Laura, porque Laura estaba en París pero cada carta de mamá la definía como ajena, como cómplice de ese orden que el había repudiado una noche en el jardín, después de oír una vez más la tos apagada, casi humilde de Nico.
No, no le mostraría la carta. Era innoble sustituir un nombre por otro, era intolerable que Laura leyera la frase de mamá. Su grotesco error, su tonta torpeza de un instante —la veía luchando con una pluma vieja, con el papel que se ladeaba, con su vista insuficiente—, crecería con Laura como una semilla fácil. Mejor tirar la carta (la tiró esa tarde misma) y por la noche ir al cine con Laura, olvidarse lo antes posible de que Víctor había preguntado por ellos. Aunque fuera Víctor, el primo tan bien educado, olvidarse de que Víctor había preguntado por ellos.
Diabólico, agazapado, relamiéndose, Tom esperaba que Jerry cayera en la trampa. Jerry no cayó, y llovieron sobre Tom catástrofes incontables. Después Luis compró helados, los comieron mientras miraban distraídamente los anuncios en colores. Cuando empezó la película, Laura se hundió un poco más en su butaca y retiró la mano del brazo de Luis. Él la sentía otra vez lejos, quién sabe si lo que miraban juntos era ya la misma cosa para los dos, aunque más tarde comentaran la película en la calle o en la cama. Se preguntó (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) si Nico y Laura habían estado así de distantes en los cines, cuando Nico la festejaba y salían juntos. Probablemente habían conocido todos los cines de Flores, toda la rambla estúpida de la calle Lavalle, el león, el atleta que golpea el gongo, los subtítulos en castellano por Carmen de Pinillos, los personajes de esta película son ficticios, y toda relación... Entonces, cuando Jerry había escapado de Tom y empezaba la hora de Bárbara Stanwyck o de Tyron Power, la mano de Nico se acostaría despacio sobre el muslo de Laura (el pobre Nico, tan tímido, tan novio), y los dos se sentirían culpables de quién sabe qué. Bien le constaba a Luis que no habían sido culpables de nada definitivo; aunque no hubiera tenido la más deliciosa de las pruebas, el veloz desapego de Laura por Nico hubiera bastado para ver en ese noviazgo un mero simulacro urdido por el barrio, la vecindad, los círculos culturales y recreativos que son la sal de Flores. Había bastado el capricho de ir una noche a la misma sala de baile que frecuentaba Nico, el azar de una presentación fraternal. Tal vez por eso, por la facilidad del comienzo, todo el resto había sido inesperadamente duro y amargo. Pero no quería acordarse ahora, la comedia había terminado con la blanda derrota de Nico, su melancólico refugio en una muerte de tísico. Lo raro era que Laura no lo nombrara nunca, y que por eso tampoco él lo nombrara, que Nico no fuera ni siquiera el difunto, ni siquiera el cuñado muerto, el hijo de mamá. Al principio le había traído un alivio después del turbio intercambio de reproches, del llanto y los gritos de mamá, de la estúpida intervención del tío Emilio y del primo Víctor (Víctor preguntó esta mañana por ustedes), el casamiento apresurado y sin más ceremonia que un taxi llamado por teléfono y tres minutos delante de un funcionario con caspa en las solapas. Refugiados en un hotel de Adrogué, lejos de mamá y de toda la parentela desencadenada, Luis había agradecido a Laura que jamás hiciera referencia al pobre fantoche que tan vagamente había pasado de novio a cuñado. Pero ahora, con un mar de por medio, con la muerte y dos años de por medio, Laura seguía sin nombrarlo, y él se plegaba a su silencio por cobardía, sabiendo que en el fondo ese silencio lo agraviaba por lo que tenía de reproche, de arrepentimiento, de algo que empezaba a parecerse a la traición. Más de una vez había mencionado expresamente a Nico, pero comprendía que eso no contaba, que la respuesta de Laura tendía a desviar la conversación. Un lento territorio prohibido se había ido formando poco a poco en su lenguaje, aislándolos de Nico, envolviendo su nombre y su recuerdo en un algodón manchado y pegajoso. Y del otro lado mamá hacía lo mismo, confabulaba inexplicablemente en el silencio. Cada carta hablaba de los perros, de Matilde, de Víctor, del salicilato, del pago de la pensión. Luis había esperado que alguna vez mamá aludiera a su hijo para aliarse con ella frente a Laura, obligar cariñosamente a Laura a que aceptara la existencia póstuma de Nico. No porque fuera necesario, a quién le importaba nada de Nico vivo o muerto, pero la tolerancia de su recuerdo en el panteón del pasado hubiera sido la oscura, irrefutable prueba de que Laura lo había olvidado verdaderamente y para siempre. Llamado a la plena luz de su nombre el íncubo se hubiera desvanecido, tan débil e inane como cuando pisaba la tierra. Pero Laura seguía callando el nombre de Nico, y cada vez que lo callaba, en el momento preciso en que hubiera sido natural que lo dijera y exactamente lo callaba, Luis sentía otra vez la presencia de Nico en el jardín de Flores, escuchaba su tos discreta preparando el más perfecto regalo de bodas imaginable, su muerte en plena luna de miel de la que había sido su novia, del que había sido su hermano.
Una semana más tarde Laura se sorprendió de que no hubiera llegado carta de mamá. Barajaron las hipótesis usuales, y Luis escribió esa misma tarde. La respuesta no lo inquietaba demasiado, pero hubiera querido (lo sentía al bajar las escaleras por la mañana) que la portera le diera a él la carta en vez de subir al tercer piso. Una quincena más tarde reconoció el sobre familiar, el rostro del almirante Brown y una vista de las cataratas del Iguazú. Guardó el sobre antes de salir a la calle y contestar el saludo de Laura asomada a la ventana. Le pareció ridículo tener que doblar la esquina antes de abrir la carta. El Boby se había escapado a la calle y unos días después había empezado a rascarse, contagio de algún perro sarnoso. Mamá iba a consultar a un veterinario amigo del tío Emilio, porque no era cosa de que el Boby le pegara la peste al Negro. El tío Emilio era de parecer que los bañara con acaroína, pero ella ya no estaba para esos trotes y sería mejor que el veterinario recetara algún polvo insecticida o algo para mezclar con la comida. La señora de la lado tenía un gato sarnoso, vaya a saber si los gatos no eran capaces de contagiar a los perros, aunque fuera a través del alambrado. Pero qué les iba a interesar a ellos esas charlas de vieja, aunque Luis siempre había sido muy cariñoso con los perros y de chico hasta dormía con uno a los pies de la cama, al revés de Nico que no le gustaban mucho. La señora de al lado aconsejaba espolvorearlos con dedeté por si no era sarna, los perros pescan toda clase de pestes cuando andan por la calle; en la esquina de Bacacay paraba un circo con animales raros, a lo mejor había microbios en el aire, esas cosas. Mamá no ganaba para sustos, entre el chico de la modista que se había quemado el brazo con leche hirviendo y el Boby sarnoso.
Después había como una estrellita azul (la pluma cucharita que se enganchaba en el papel, la exclamación de fastidio de mamá) y entonces unas reflexiones melancólicas sobre lo sola que se quedaría si también Nico se iba a Europa como parecía, pero ese era el destino de los viejos, los hijos son golondrinas que se van un día, hay que tener resignación mientras el cuerpo vaya tirando. La señora de al lado...
Alguien empujó a Luis, le soltó una rápida declaración de derechos y obligaciones con acento marsellés. Vagamente comprendió que estaba estorbando el paso de la gente que entraba por el angosto corredor al métro. El resto del día fue igualmente vago, telefoneó a Laura para decirle que no iría a almorzar, pasó dos horas en un banco de plaza releyendo la carta de mamá, preguntándose qué debería hacer frente a la insania. Hablar con Laura, antes de nada. Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) seguir ocultándole a Laura lo que pasaba. Ya no podía fingir que esta carta se había perdido como la otra, ya no podía creer a medias que mamá se había equivocado y escrito Nico por Víctor, y que era tan penoso que se estuviera poniendo chocha. Resueltamente esas cartas eran Laura, eran lo que iba a ocurrir con Laura. Ni siquiera eso: lo que ya había ocurrido desde el día de su casamiento, la luna de miel en Adrogué, las noches en que se habían querido desesperadamente en el barco que los traía a Francia. Todo era Laura, todo iba a ser Laura ahora que Nico quería venir a Europa en el delirio de mamá. Cómplices como nunca, mamá le estaba hablando a Laura de Nico, le estaba anunciando que Nico iba a venir a Europa, y lo decía así, Europa a secas, sabiendo tan bien que Laura comprendería que Nico iba a desembarcar en Francia, en París, en una casa donde se fingía exquisitamente haberlo olvidado, pobrecito.
Hizo dos cosas: escribió al tío Emilio señalándole los síntomas que lo inquietaban y pidiéndole que visitara inmediatamentte a mamá para cerciorarse y tomar las medidas del caso. Bebió un coñac tras otro y anduvo a pie hacia su casa para pensar en el camino lo que debía decirle a Laura, porque al fin y al cabo tenía que hablar con Laura y ponerla al corriente. De calle en calle fue sintiendo cómo le costaba situarse en el presente, en lo que tendría que suceder media hora más tarde. La carta de mamá lo metía, lo ahogaba en la realidad de esos dos años de vida en París, la mentira de una paz traficada, de una felicidad de puertas para afuera, sostenida por diversiones y espectáculos, de un pacto involuntario de silencio en que los dos se desunían poco a poco como en todos los pactos negativos. Sí, mamá, sí, pobre Boby sarnoso, mamá. Pobre Boby, pobre Luis, cuánta sarna, mamá. Un baile del club de Flores, mamá, fui porque él insistía, me imagino que quería darse corte con su conquista. Pobre Nico, mamá, con esa tos seca en que nadie creía todavía, con ese traje cruzado a rayas, esa peinada a la brillantina, esas corbatas de rayón tan cajetillas. Uno charla un rato, simpatiza, cómo no vas a bailar esa pieza con la novia del hermano, oh, novia es mucho decir, Luis, supongo que puedo llamarlo Luis, verdad. Pero sí, me extraña que Nico no la haya llevado a casa todavía, usted le va a caer tan bien a mamá. Este Nico es más torpe, a que ni siquiera habló con su papá. Tímido, sí, siempre fue igual. Como yo. ¿De qué se ríe, no me cree? Pero si yo no soy lo que parezco... ¿Verdad que hace calor? De veras, usted tiene que venir a casa, mamá va a estar encantada. Vivimos los tres solos, con los perros. Che Nico, pero es una vergüenza, te tenías esto escondido, malandra. Entre nosotros somos así, Laura, nos decimos cada cosa. Con tu permiso, yo bailaría este tango con la señorita.
Tan poca cosa, tan fácil, tan verdaderamente brillantina y corbata rayón. Ella había roto con Nico por error, por ceguera, porque el hermano rana había sido capaz de ganar de arrebato y darle vuelta la cabeza. Nico no juega al tenis, qué va a jugar, usted no lo saca del ajedrez y la filatelia, hágame el favor. Callado, tan poca cosa el pobrecito, Nico se había ido quedando atrás, perdido en un rincón del patio, consolándose con el jarabe pectoral y el mate amargo. Cuando cayó en cama y le ordenaron reposo coincidió justamente con un baile en Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque. Uno no se va a perder esas cosas, máxime cuando va a tocar Edgardo Donato y la cosa promete. A mamá le parecía tan bien que él sacara a pasear a Laura, le había caído como una hija apenas la llevaron una tarde a la casa. Vos fijate, mamá, el pibe está débil y capaz que le hace impresión si uno le cuenta. Los enfermos como él se imaginan cada cosa, de fija que va a creer que estoy afilando con Laura. Mejor que no sepa que vamos a Gimnasia. Pero yo no le dije eso a mamá, nadie de casa se enteró nunca que andábamos juntos. Hasta que se mejorara el enfermito, claro. Y así el tiempo, los bailes, dos o tres bailes, las radiografías de Nico, después el auto del petiso Ramos, la noche de la farra en casa de la Beba, las copas, el paseo en auto hasta el puente del arroyo, una luna, esa luna como una ventana de hotel allá arriba, y Laura en el auto negándose, un poco bebida, las manos hábiles, los besos, los gritos ahogados, la manta de vicuña, la vuelta en silencio, la sonrisa de perdón.
La sonrisa era casi la misma cuando Laura le abrió la puerta. Había carne al horno, ensalada, un flan. A las diez vinieron unos vecinos que eran sus compañeros de canasta. Muy tarde, mientras se preparaban para acostarse, Luis sacó la carta y la puso sobre la mesa de luz.
—No te hablé antes porque no quería afligirte. Me parece que mamá...
Acostado, dándole la espalda, esperó. Laura guardó la carta en el sobre, apagó el velador. La sintió contra él, no exactamente contra pero la oía respirar cerca de su oreja.
—¿Vos te das cuenta? —dijo Luis, cuidando su voz.
—Sí. ¿No creés que se habrá equivocado de nombre?
Tenía que ser. Peón cuatro rey, peón cuatro rey. Perfecto.
—A lo mejor quiso poner Víctor —dijo, clavándose lentamente las uñas en la palma de la mano.
—Ah, claro. Podría ser —dijo Laura. Caballo rey tres alfil.
Empezaron a fingir que dormían.
A Laura le había parecido bien que el tío Emilio fuera el único en enterarse, y los días pasaron sin que volvieran a hablar de eso. Cada vez que volvía a casa, Luis esperaba una frase o un gesto insólitos en Laura, un claro en esa guardia perfecta de calma y de silencio. Iban al cine como siempre, hacían el amor como siempre. Para Luis ya no había en Laura otro misterio que el de su resignada adhesión a esa vida en la que nada había llegado a ser lo que pudieron esperar dos años atrás. Ahora la conocía bien, a la hora de las confrontaciones definitivas tenía que admitir que Laura era como había sido Nico, de las que se quedan atrás y sólo obran por inercia, aunque empleara a veces una voluntad casi terrible en no hacer nada, en no vivir de veras para nada. Se hubiera entendido mejor con Nico que con él, y los dos lo venían sabiendo desde el día de su casamiento, desde las primeras tomas de posición que siguen a la blanda aquiescencia de la luna de miel y el deseo. Ahora Laura volvía a tener la pesadilla. Soñaba mucho, pero la pesadilla era distinta, Luis la reconocía entre muchos otros movimientos de su cuerpo, palabras confusas o breves gritos de animal que se ahoga. Había empezado a bordo, cuando todavía hablaban de Nico porque Nico acababa de morir y ellos se habían embarcado unas pocas semanas después. Una noche, después de acordarse de Nico y cuando ya se insinuaba el tácito silencio que se instalaría luego entre ellos, Laura lo despertaba con un gemido ronco, una sacudida convulsiva de las piernas, y de golpe un grito que era una negativa total, un rechazo con las dos manos y todo el cuerpo y toda la voz de algo horrible que le caía desde el sueño como un enorme pedazo de materia pegajosa. Él la sacudía, la calmaba, le traía agua que bebía sollozando, acosada aún a medias por el otro lado de su vida. Decía no recordar nada, era algo horrible pero no se podía explicar, y acababa por dormirse llevándose su secreto, porque Luis sabía que ella sabía, que acababa de enfrentarse con aquel que entraba en su sueño, vaya a saber bajo qué horrenda máscara, y cuyas rodillas abrazaría Laura en un vértigo de espanto, quizá de amor inútil. Era siempre lo mismo, le alcanzaba un vaso de agua, esperando en silencio a que ella volviera a apoyar la cabeza en la almohada. Quizá un día el espanto fuera más fuerte que el orgullo, si eso era orgullo. Quizá entonces él podría luchar desde su lado. Quizá no todo estaba perdido, quizá la nueva vida llegara a ser realmente otra cosa que ese simulacro de sonrisas y de cine francés.
Frente a la mesa de dibujo, rodeado de gentes ajenas, Luis recobraba el sentido de la simetría y el método que le gustaba aplicar a la vida. Puesto que Laura no tocaba el tema, esperando con aparente indiferencia la contestación del tío Emilio, a él le correspondía entenderse con mamá. Contestó su carta limitándose a las menudas noticias de las últimas semanas, y dejó para la postdata una frase rectificatoria: «De modo que Víctor habla de venir a Europa. A todo el mundo le da por viajar, debe ser la propaganda de las agencias de turismo. Decíle que escriba, le podemos mandar todos los datos que necesite. Decíle también que desde ahora cuenta con nuestra casa.»

El tío Emilio contestó casi a vuelta de correo, secamente como correspondía a un pariente tan cercano y tan resentido por lo que en el velorio de Nico había calificado de incalificable. Sin haberse disgustado de frente con Luis, había demostrado sus sentimientos con la sutileza habitual en casos parecidos, absteniéndose de ir a despedirlo al barco, olvidando dos años seguidos la fecha de su cumpleaños. Ahora se limitaba a cumplir con su deber de hermano político de mamá, y enviaba escuetamente los resultados. Mamá estaba muy bien pero casi no hablaba, cosa comprensible teniendo en cuenta los muchos disgustos de los últimos tiempos. Se notaba que estaba muy sola en la casa de Flores, lo cual era lógico puesto que ninguna madre que ha vivido toda la vida con sus dos hijos puede sentirse a gusto en una enorme casa llena de recuerdos. En cuanto a las frases en cuestión, el tío Emilio había procedido con el tacto que se requería en vista de lo delicado del asunto, pero lamentaba decirles que no había sacado gran cosa en limpio, porque mamá no estaba en vena de conversación y hasta lo había recibido en la sala, cosa que nunca hacía con su hermano político. A una insinuación de orden terapéutico, había contestado que aparte del reumatismo se sentía perfectamente bien, aunque en esos días la fatigaba tener que planchar tantas camisas. El tío Emilio se había interesado por saber de qué camisas se trataba, pero ella se había limitado a una inclinación de cabeza y un ofrecimiento de jerez y galletitas Bagley.
Mamá no les dio demasiado tiempo para discutir la carta del tío Emilio y su ineficacia manifiesta. Cuatro días después llegó un sobre certificado, aunque mamá sabía de sobra que no hay necesidad de certificar las cartas aéreas a París. Laura telefoneó a Luis y le pidió que volviera lo antes posible. Media hora más tarde la encontró respirando pesadamente, perdida en la contemplación de unas flores amarillas sobre la mesa. La carta estaba en la repisa de la chimenea, y Luis volvió a dejarla ahí después de la lectura. Fue a sentarse junto a Laura, esperó. Ella se encogió de hombros.
—Se ha vuelto loca —dijo.
Luis encendió un cigarrillo. El humo le hizo llorar los ojos. Comprendió que la partida continuaba, que a él le tocaba mover. Pero a esa partida la estaban jugando tres jugadores, quizá cuatro. Ahora tenía la seguridad de que también mamá estaba al borde del tablero. Poco a poco resbaló en el sillón, y dejó que su cara se pusiera la inútil máscara de las manos juntas. Oía llorar a Laura, abajo corrían a gritos los chicos de la portera.

La noche trae consejo, etcétera. Les trajo un sueño pesado y sordo, después que los cuerpos se encontraron en una monótona batalla que en el fondo no habían deseado. Una vez más se cerraba el tácito acuerdo: por la mañana hablarían del tiempo, del crimen de Saint-Cloud, de James Dean. La carta seguía sobre la repisa y mientras bebían té no pudieron dejar de verla, pero Luis sabía que al volver del trabajo ya no la encontraría. Laura borraba las huellas con su fría, eficaz diligencia. Un día, otro día, otro día más. Una noche se rieron mucho con los cuentos de los vecinos, con una audición de Fernandel. Se habló de ir a ver una pieza de teatro, de pasar un fin de semana en Fontainebleau.
Sobre la mesa de dibujo se acumulaban los datos innecesarios, todo coincidía con la carta de mamá. El barco llegaba efectivamente al Havre el vierrnes 17 por la mañana, y el tren especial entraba en Saint-Lazare a las 11:45. El jueves vieron la pieza de teatro y se divirtieron mucho. Dos noches antes Laura había tenido otra pesadilla, pero él no se molestó en traerle agua y la dejó que se tranquilizara sola, dándole la espalda. Después Laura durmió en paz, de día andaba ocupada cortando y cosiendo un vestido de verano. Hablaron de comprar una máquina de coser eléctrica cuando terminaran de pagar la heladera. Luis encontró la carta de mamá en el cajón de la mesa de luz y la llevó a la oficina. Telefoneó a la compañía naviera, aunque estaba seguro de que mamá daba las fechas exactas. Era su única seguridad, porque todo el resto no se podía siquiera pensar. Y ese imbécil del tío Emilio. Lo mejor sería escribir a Matilde, por más que estuviesen distanciados Matilde comprendería la urgencia de intervenir, de proteger a mamá. ¿Pero realmente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) había que proteger a mamá, precisamente a mamá? Por un momento pensó en pedir larga distancia y hablar con ella. Se acordó del jerez y las galletitas Bagley, se encogió de hombros. Tampoco había tiempo de escribir a Matilde, aunque en realidad había tiempo pero quizá fuese preferible esperar al viernes diecisiete antes de... El coñac ya no lo ayudaba ni siquiera a no pensar, o por lo menos a pensar sin tener miedo. Cada vez recordaba con más claridad la cara de mamá en las últimas semanas de Buenos Aires, después del entierro de Nico. Lo que él había entendido como dolor, se lo mostraba ahora como otra cosa, algo en donde había una rencorosa desconfianza, una expresión de animal que siente que van a abandonarlo en un terreno baldío lejos de la casa, para deshacerse de él. Ahora empezaba a ver de veras la cara de mamá. Recién ahora la veía de veras en aquellos días en que toda la familia se había turnado para visitarla, darle el pésame por Nico, acompañarla de tarde, y también Laura y él venían de Adrogué para acompañarla, para estar con mamá. Se quedaban apenas un rato porque después aparecía el tío Emilio, o Víctor, o Matilde, y todos eran una misma fría repulsa, la familia indignada por lo sucedido, por Adrogué, porque eran felices mientras Nico, pobrecito, mientras Nico. Jamás sospecharían hasta qué punto habían colaborado para embarcarlos en el primer buque a mano; como si se hubieran asociado para pagarles los pasajes, llevarlos cariñosamente a bordo con regalos y pañuelos.
Claro que su deber de hijo lo obligaba a escribir en seguida a Matilde. Todavía era capaz de pensar cosas así antes del cuarto coñac. Al quinto las pensaba de nuevo y se reía (cruzaba París a pie para estar más solo y despejarse la cabeza), se reía de su deber de hijo, como si los hijos tuvieran deberes, como si los deberes fueran los de cuarto grado, los sagrados deberes para la sagrada señorita del inmundo cuarto grado. Porque su deber de hijo no era escribir a Matilde. ¿Para qué fingir (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) que mamá estaba loca? Lo único que se podía hacer era no hacer nada, dejar que pasaran los días, salvo el viernes. Cuando se despidió como siempre de Laura diciéndole que no vendría a almorzar porque tenía que ocuparse de unos afiches urgentes, estaba tan seguro del resto que hubiera podido agregar: «Si querés vamos juntos.» Se refugió en el café de la estación, menos por disimulo que para tener la pobre ventaja de ver sin ser visto. A las once y treinta y cinco descubrió a Laura por su falda azul, la siguió a distancia, la vio mirar el tablero, consultar a un empleado, comprar un boleto de plataforma, entrar en el andén donde ya se juntaba la gente con el aire de los que esperan. Detrás de una zorra cargada de cajones de fruta miraba a Laura que parecía dudar entre quedarse cerca de la salida del andén o internarse por él. La miraba sin sorpresa, como a un insecto cuyo comportamiento podía ser interesante. El tren llegó casi en seguida y Laura se mezcló con la gente que se acercaba a las ventanillas de los coches buscando cada uno lo suyo, entre gritos y manos que sobresalían como si dentro del tren se estuvieran ahogando. Bordeó la zorra y entró al andén entre más cajones de fruta y manchas de grasa. Desde donde estaba vería salir a los pasajeros, vería pasar otra vez a Laura, su rostro lleno de alivio porque el rostro de Laura, ¿no estaría lleno de alivio? (No era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo.) Y después, dándose el lujo de ser el último una vez que pasaran los últimos viajeros y los últimos changadores, entonces saldría a su vez, bajaría a la plaza llena de sol para ir a beber coñac al café de la esquina. Y esa misma tarde escribiría a mamá sin la menor referencia al ridículo episodio (pero no era ridículo) y después tendría valor y hablaría con Laura (pero no tendría valor y no hablaría con Laura). De todas maneras coñac, eso sin la menor duda, y que todo se fuera al demonio. Verlos pasar así en racimos, abrazándose con gritos y lágrimas, las parentelas desatadas, un erotismo barato como un carroussel de feria barriendo el andén, entre valijas y paquetes y por fin, por fin, cuánto tiempo sin vernos, qué quemada estás, Ivette, pero sí, hubo un sol estupendo, hija. Puesto a buscar semejanzas, por gusto de aliarse a la imbecilidad, dos de los hombres que pasaban cerca debían ser argentinos por el corte de pelo, los sacos, el aire de suficiencia disimulando el azoramiento de entrar en París. Uno sobre todo se parecía a Nico, puesto a buscar semejanzas. El otro no, y en realidad éste tampoco apenas se le miraba el cuello mucho más grueso y la cintura más ancha. Pero puesto a buscar semejanzas por puro gusto, ese otro que ya había pasado y avanzaba hacia el portillo de salida, con una sola valija en la mano izquierda, Nico era zurdo como él, tenía esa espalda un poco cargada, ese corte de hombros. Y Laura debía haber pensado lo mismo porque venía detrás mirándolo, y en la cara una expresión que él conocía bien, la cara de Laura cuando despertaba de la pesadilla y se incorporaba en la cama mirando fijamente el aire, mirando, ahora lo sabía, a aquél que se alejaba dándole la espalda, consumaba la innominable venganza que la hacía gritar y debatirse en sueños.
Puestos a buscar semejanzas, naturalmente el hombre era un desconocido, lo vieron de frente cuando puso la valija en el suelo para buscar el billete y entregarlo al del portillo. Laura salió la primera de la estación, la dejó que tomara distancia y se perdiera en la plataforma del autobús. Entró en el café de la esquina y se tiró en una banqueta. Más tarde no se acordó si había pedido algo de beber, si eso que le quemaba la boca era el regusto del coñac barato. Trabajó toda la tarde en los afiches, sin tomarse descanso. A ratos pensaba que tendría que escribirle a mamá, pero lo fue dejando pasar hasta la hora de la salida. Cruzó París a pie, al llegar a casa encontró a la portera en el zaguán y charlo un rato con ella. Hubiera querido quedarse hablando con la portera o los vecinos, pero todos iban entrando en los departamentos y se acercaba la hora de cenar. Subió despacio (en realidad siempre subía despacio para no fatigarse los pulmones y no toser) y al llegar al tercero se apoyó en la puerta antes de tocar el timbre, para descansar un momento en la actitud del que escucha lo que pasa en el interior de una casa. Después llamó con los dos toques cortos de siempre.
—Ah, sos vos —dijo Laura, ofreciéndole una mejilla fría—. Ya empezaba a preguntarme si habrías tenido que quedarte más tarde. La carne debe estar recocida.
No estaba recocida, pero en cambio no tenía gusto a nada. Si en ese momento hubiera sido capaz de preguntarle a Laura por qué había ido a la estación, tal vez el café hubiese recobrado el sabor, o el cigarrillo. Pero Laura no se había movido de casa en todo el día, lo dijo como si necesitara mentir o esperara que él hiciera un comentario burlón sobre la fecha, las manías lamentables de mamá. Revolviendo el café, de codos sobre el mantel, dejó pasar una vez más el momento. La mentira de Laura ya no importaba, una más entre tantos besos ajenos, tantos silencios donde todo era Nico, donde no había nada en ella o en él que no fuera Nico. ¿Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) no poner un tercer cubierto en la mesa? ¿Por qué no irse, por qué no cerrar el puño y estrellarlo en esa cara triste y sufrida que el humo del cigarrillo deformaba, hacía ir y venir como entre dos aguas, parecía llenar poco a poco de odio como si fuera la cara misma de mamá? Quizá estaba en la otra habitación, o quizá esperaba apoyado en la puerta como había esperado él, o se había instalado ya donde siempre había sido el amo, en el territorio blanco y tibio de las sábanas al que tantas veces había acudido en sueños de Laura. Allí esperaría, tendido de espaldas, fumando también él su cigarrillo, tosiendo un poco, riéndose con una cara de payaso como la cara de los últimos días, cuando no le quedaba ni una gota de sangre sana en las venas.
Pasó al otro cuarto, fue a la mesa de trabajo, encendió la lámpara. No necesitaba releer la carta de mamá para contestarla como debía. Empezó a escribir, querida mamá. Escribió: querida mamá. Tiró el papel, escribió: mamá. Sentía la casa como un puño que se fuera apretando. Todo era más estrecho, más sofocante. El departamento había sido suficiente para dos, estaba pensado exactamente para dos. Cuando levantó los ojos (acababa de escribir: mamá), Laura estaba en la puerta, mirándolo. Luis dejó la pluma.
-¿A vos no te parece que está mucho más flaco? —dijo.
Laura hizo un gesto. Un brillo paralelo le bajaba por las mejillas.
-Un poco – dijo-.
Uno va cambiando...

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