Problemática
de la Comunicación
Programa 2001
|
UNIVERSIDAD
NACIONAL DE LOMAS DE ZAMORA.
FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES
Cátedra: PROBLEMATICA DE LA COMUNICACION.
AÑO 2005
Equipo
docente:
Roberto
Marafioti, Carlos Lagorio, Lilia Jorge, Oscar Amaya, Nicolás
Pinkus, Marcelo Arias, Patricio Grinberg , Mariana Cuñarro
y Mauro Lococo.
PROGRAMA
DE LA MATERIA
FUNDAMENTACION:
La materia está destinada a todos alumnos ingresantes a la
Facultad de Ciencias Sociales. Ello supone -dado que se dictan diferentes
carreras en esta Unidad Académica- que existen distintas
expectativas en cuanto a los contenidos que se brindarán
en una materia introductoria. Las líneas que siguen apuntan
a tratar de fundamentar los criterios que llevaron a la organización
del Programa y a las opciones teóricas que supone.
Además, el Programa trata de cumplir una doble finalidad:
*
ser un efectivo auxiliar para el ordenamiento para el estudio,
y
* una suerte de contrato que se propone y explicita a cada alumno.
Una recorrida veloz por el Programa puede hacer parecer que el tiempo
es escaso y que los temas son muchos, sin embargo hay una fuerte
continuidad entre las temáticas abordadas y estamos persuadidos
de que si compartimos el esfuerzo se podrán alcanzar provechosos
resultados.
Es necesario, con todo, formular algunas consideraciones. La vida
universitaria lleva una serie de modificaciones importantes respecto
al mundo de la escuela media en cuanto a la dedicación al
conocimiento, los vínculos pedagógicos y las relaciones
interpersonales entre alumnos y docentes. En un sentido es un ámbito
más libre, en otro sentido supone una mayor responsabilidad
individual. No habrá controles diarios de asistencia o lectura
pero es muy difícil dejar de lado ambas condiciones que están
implícitas en la vida académica.
Ser universitario exige compromisos. Una mirada desaprensiva podría
engañar haciendo creer que no hay reglas. Las reglas son
otras, pero hay reglas. De allí que se remarque la necesidad
de ir incorporando los temas paulatinamente conforme se vayan desarrollando
en las clases teóricas y prácticas. La lectura de
la bibliografía debe ser realizada de manera simultánea
a la asistencia a los cursos. Abarrotarse, a último momento,
en la mayoría de los casos suele provocar indigestiones estériles.
Un aspecto que se debe incluir en estas consideraciones generales
es que la bibliografía que figura como obligatoria lo es
con independencia que ella sea tratada específicamente en
las clases teóricas o prácticas. La vida universitaria
también supone estar en condiciones de enfrentarse a un texto
nuevo y poder comprender sus supuestos, hipótesis y conclusiones.
De manera que si un material no llega a completarse en cuanto a
su explicación en las clases teóricas o prácticas,
los profesores encargados de cada uno de los cursos podrán
continuar con el desarrollo del programa propuesto. Para ello se
ha diseñado un Cronograma Tentativo de actividades que permitirá
orientarse en cuanto a qué tema se desarrollará en
cada clase. Además existe un horario de consulta los días
miércoles de 16 a 18 horas en el cual una profesora de la
materia estará dedicada a resolver los problemas que presenten
los alumnos acerca de las lecturas que puedan ofrecer dificultades.
Este espacio de consulta es de asistencia libre y sólo se
requiere ir al aula establecida. No se exige asistencia ni tampoco
se brindarán allí materiales nuevos de lectura. Es
sólo un lugar en el que los alumnos pueden concurrir para
reforzar su estudio y comprensión.
Vivimos un tiempo de mutaciones profundas, de hondas inestabilidades,
de quiebre de certidumbres. Tiempo atravesado por agudas transformaciones
políticas, sociales y culturales y por el vertiginoso avance
de las tecnologías de la comunicación y la información.
La materia está ubicada en medio de esta situación
y en una realidad compleja y particular. Compleja porque así
lo es el período que atraviesa la Argentina y el continente
latinoamericano. Particular porque nos encuentra en un contexto
crítico, el de las universidades públicas y en una
Universidad mediana como esta de Lomas de Zamora. No estamos en
una universidad enorme como la de Buenos Aires, Córdoba o
La Plata ni tampoco estamos en una universidad de reciente creación.
La materia se organiza en torno a ejes temáticos referidos
a la cultura y las comunicaciones.
A partir de aquí interesa iniciar un recorrido sobre las
distintas posiciones que concitó el desarrollo del concepto
de cultura. La historia del término es larga, los supuestos
también. Interesa ver las diferentes concepciones y sus correlatos
socio-históricos. En la medida en que se sostiene una postura
que ve en la cultura una práctica colectiva con plurales
manifestaciones se da una inmediata relación con conceptos
conexos. De allí que importe seguir formulando preguntas
en torno a la pertinencia de los conceptos de cultura popular, de
la cultura nacional y de la cultura latinoamericana.
En un mundo donde se propone la planetarización cultural,
la globalización y la internacionalización, la cultura
nacional como problemática específica parece ponerse
en cuestión. Comprobar estas situaciones nos hace, sin embargo,
no seguir aferrados a posiciones del pasado, pero tampoco nos hace
caer fascinados ante planteos que pueden resultar pasajeros y epidérmicos.
Espejos de colores teóricos que pueden subyugar a algún
intelectual desmemoriado pero que no aporta ninguna novedad en el
tiempo largo de la historia. La realidad es compleja, se organiza
desde plurales puntos de vista e intentamos en esta materia cubrir
algunas facetas, sólo algunas.
No se puede dejar de reconocer que, a pesar de las distintas modulaciones
sociales (no se vive aquí en medio del consumismo extremo,
ni siquiera superamos la modernización), existen en las distintas
metrópolis del mundo situaciones análogas: la calidad
urbana se deteriora fruto de la contaminación y de la falta
de previsión, la marginalidad, la pobreza y la violencia
son el fruto palmario de la aplicación de políticas
de ajuste y reforma del Estado gobernados por principios neoliberales.
La
penetración de la informática opera en la producción
y la administración pública y privada (a pesar, en
algunos casos, de las ineficiencias de ambas), las comunicaciones
satelitales se organizan desde cualquier lugar del mundo, el impacto
de difusión originado por el video, el CD y el DVD permiten
un acceso generalizado a manifestaciones que otros medios masivos
no lograron, el ida y vuelta de grandes cantidades de personas de
un país a otro contacta con innumerables manifestaciones
culturales.
Todos
estos son fenómenos que sumados al desentendimiento o al
retiro, que en algunos países como el nuestro, hizo el Estado
de determinadas áreas vitales para la vida social, provocó
desequilibrios sociales que resultaban impensables hace sólo
cuarenta años. Los problemas del desempleo y la cantidad
de habitantes que no acceden a los servicios elementales (salud,
vivienda, agua potable, educación) si bien en Latinoamérica
tiene manifestaciones mucho más evidentes, dramáticas
y dolorosas, se dan en otras regiones del planeta, aun en los países
centrales. No se afirma con esto la homogeneidad absoluta. La estructura
sobre las que se asientan las realidades es nítidamente distinta
en cada caso, pero hay fenómenos que son análogos,
desconocerlos llevaría a quedarse en una insularidad perniciosa
para pensar un proyecto de futuro. Los niveles de pobreza que se
han alcanzado en los últimos años en nuestro país
hizo que tengamos que convivir con el hambre y la desnutrición
infantiles como fenómenos que no fueron excepcionales sino
que han llegado y costará hacerlos partir de nuestra vida
cotidiana.
La
crítica al modelo implantado en la Argentina en la década
de los ’90 es ya una muletilla conocida pero no por ello merece
desconocerse. Más bien puede resultar productivo realizar
un ejercicio de las implicancias que ese modelo tuvo sobre la vida
cotidiana de los argentinos. No debe dejarse de lado la reflexión
en torno a los efectos que ese diseño provocó sobre
las conciencias individuales. El imperativo del éxito económico,
del individualismo extremo y del desprestigio de la educación
pública son aspectos que es preciso revisar para ver los
efectos que provocaron sobre los estudiantes. Sobre los docentes
y, quizás lo más difícil de reparar, sobre
las instituciones.
Es por todo ello que, en nuestro caso, se elige hablar más
de multiplicidad de subculturas según zonas, clases sociales,
edades, niveles de escolarización. Sin duda los jóvenes,
los intelectuales, los sectores medios y medio-altos de la sociedad
reciben los influjos culturales de los países capitalistas
desarrollados mucho más acentuadamente que otros sectores
sociales, pero ello no permite asegurar que en todos los casos los
fenómenos que se dan sean meramente de copia, hay reprocesamientos,
reconfiguraciones y recomposiciones (verbigracia, el rock nacional,
los programas televisivos, las formas de organizar el tiempo libre,
etc.). Sobre las actitudes extremas o "metafísicas"
que reivindican exclusivamente el espacio de lo "nacional"
y lo "popular" - que en general vienen de la mano de lo
reaccionario, ultramontano y autoritario o de los más escandalosos
negocios culturales - preferimos hablar de configuraciones propias
de insumos no nacionales.
El otro gran eje temático del que trata la materia se ubica
alrededor de las comunicaciones. Aquí también es necesario
advertir que el desarrollo tecnológico en esta área
adquirió una velocidad desconocida hasta hace tan sólo
una década. Esta revuelta tecnológica hace que los
medios de difusión masiva hayan adquirido una importancia
y una influencia fundamental.
Las décadas de los '40 y '50 estuvieron signadas, en algunos
países, por el descubrimiento de los fenómenos masivos
y el encandilamiento que provocaba suponer a los medios como poseedores
de una auténtica omnipotencia.
Los años '60 y '70, por el contrario, despertaron una vocación
crítica e impugnadora característica y correlativa
de un momento en el que estas actitudes estaban al servicio de creencias
en futuras transformaciones sociales que se anunciaban como inminentes
e irreversibles. La influencia de posturas teóricas que,
en algunos casos eran anteriores a estos años, afloraron
con toda fogosidad en este lapso. Las utopías no tardaron
en esfumarse tanto en Europa, por una acentuada crítica a
la modernidad, cuanto en Latinoamérica, por las mordazas
impuestas por las dictaduras.
Los últimos decenios del siglo XX fueron marcados por posiciones
más distantes. Reconocen la importancia de los fenómenos
masivos y tecnológicos, los condicionantes e incluso las
manipulaciones que provocan, sobre todo en países de fuertes
contrastes sociales, como el nuestro, pero, al mismo tiempo, son
estudiados en su misma condición y a partir del reconocimiento
de la legitimidad e incluso del placer que provoca su existencia.
Estos temas y otros más que se verán a lo largo del
cuatrimestre conforman el desarrollo de una materia pensada esencialmente
para ubicar a los alumnos en un tiempo complejo, habitado por las
incertidumbres. El inicio de la vida universitaria es también
un tiempo complejo, más aún en una época crítica,
como la actual. Conscientes de esta realidad, desde el pequeño
lugar de la cátedra de Problemática de la Comunicación
nos preocupa ir cimentando la vocación por el conocimiento,
la crítica y la polémica propias e imprescindibles
en las aulas universitarias.
OBJETIVOS:
La materia se propone al final del curso que los alumnos:
•
estén en condiciones de reconocer las distintas concepciones
y la complejidad que incluye el concepto de cultura.
•
sean capaces de tener una actitud analítica en relación
a los mensajes que son transmitidos por los medios masivos.
•
asuman la complejidad y el desafío de conocer una realidad
compleja y cambiante y el impacto que ella ocasiona sobre las problemáticas
comunicacionales.
•
reconozcan el estado de los cambios tecnológicos producidos
en los últimos años y su efecto sobre las realidades
de los países latinoamericanos.
•
Puedan advertir los fenómenos de internacionalización
de la comunicación y las políticas culturales que
se deben encarar diferenciando la faz pública de la faz privada.
LOS TRABAJOS PRACTICOS.
“Si
uno es afortunado, se encontrará con un profesor que lo ayude;
pero al cabo está solo y debe seguir adelante sin más
mediaciones”.
Harold Bloom.
La
mirada
En
el presente año los trabajos prácticos se dedicarán
a un estudio específico dentro del contexto general de la
materia. Estarán dirigidos a revisar la mirada a lo largo
de la historia de Occidente. La mirada supone una organización
del mundo, una forma de estructurar la realidad. Una forma de aceptar
hechos como visibles, aceptables, creíbles. No siempre se
han dado como ciertos los mismos fenómenos. Hoy no dudamos
de lo que vemos en las pantallas de televisión o de lo que
proponen las pantallas de las computadoras, sin embargo, esto supuso
una adecuación respecto de nuevas tecnologías que
no siempre existieron. Del mismo modo que la aparición del
libro implicó una forma de volver creíbles las narraciones
que se leían, algo similar ocurrió cuando se desarrollaron
las tecnologías de reproducción de los fenómenos
visuales.
Las
tecnologías desde siempre han servido como mediaciones, como
ortopedias refinadas. Toda tecnología construye nuevos mundos
y maneras de vivir. Desde la escritura a la imprenta. Desde la pintura
a la fotografía. Desde el cine a la videocámara. Si
no estamos ya definitivamente en la posmodernidad (no es sólo
porque vivimos en un país pobre y desvastado), es también
porque, entre otras cosas, aún persistimos en ilusionarnos
en lo que queda del sueño moderno, es decir, en el poder
de la tecnología para mejorar la vida, para mejorar el destino.
Las
tecnologías de la comunicación contribuyen a crear
nuevas realidades que no sólo transmiten mensajes del mundo
empírico, sino que diseñan nuevos mundos, o por lo
menos nuevas versiones del mundo. El relato de un suceso no es el
suceso en sí, y sí mucho más que su mera referencia.
En la comunicación, el impacto de las nuevas tecnologías
resultó no sólo cuantitativo, sino cualitativo.
Mirar
y mostrar con arte (es decir, artificiosamente) transforma la mirada
y al mismo tiempo la consideración de lo mirado. ¿Qué
es un paquete de cigarrillos desechado y aplastado, el resto de
un producto que aún muestra su marca comercial o un elemento
del paisaje urbano de entidad semejante a un árbol o un río?
¿Lo que queda en un plato de comida es simplemente un resto
de comida o algo que está más acá o más
allá de la ingestión? ¿Una zapatilla o una
alpargata desparejada y confundida en la tierra siguen siendo calzado,
cuando ya no hay nada para calzar? Estas preguntas pueden interpretarse
como artísticas como filosóficas y aun como políticas,
pero vienen de lejos. Se podrían formular de otro modo, ¿quiénes
son Los Embajadores que pintó Holbein, qué sentido
tiene su exposición y el disco que se reproduce en el inferior
del cuadro?, ¿existen o existieron los mundos que mostró
Miguel Ángel en la capilla Sixtina?, ¿quiénes
son Las Meninas de Velásquez, quién es el protagonista
de ese cuadro, es el pintor o el espectador que involuntariamente
es incorporado a la escena?
¿Dónde
reside, entonces, la cuestión? En la singularidad de la mirada
humana entre todo el universo de lo existente. Mirar y ver no es
únicamente convertir percepciones luminosas en imágenes
mentales significativas. Mirar y ver transforma y nos transforma.
Lo que hacemos nos hace, y lo que vemos nos conduce a hacer. Cuando
miramos, no sólo buscamos percibir; mirar es construir o
por lo menos pretenderlo. El hombre no es recolector o predador,
sino constructor, y traza su ámbito y dimensión constructiva
mediante la mirada.
Hoy,
por ejemplo, la fotografía digital crece con un concepto
de la práctica fotográfica que arranca de la primera
gran oleada de difusión de la foto, pero que ahora se manifiesta
de modo distinto. La cotidianidad que se fotografía ahora
no son nuestros hijos jugando en una plaza, sino otra, desprovista
de la solemnidad en la práctica del arte y de la consideración
de lo que se muestra como algo único e irrepetible.
Estos
fenómenos son los que se pretenden estudiar a lo largo del
tiempo. Para ello además de la bibliografía de lectura
obligatoria para los trabajos prácticos se propone una breve
introducción acerca de los estilos artísticos de Occidente.
Ello permitirá acceder a la forma en la que se fue representando
la realidad a lo largo de los siglos. No siempre se organizó
la exposición de los objetos de la misma manera. Hasta un
momento la preocupación central fue la reproducción
de los objetos que se veían. Luego comenzó a alterarse
esta vocación porque hubo fenómenos tecnológicos
que realizaban esa reproducción de modo más eficaz.
Surgió entonces la presencia del pintor como sujeto que estaba
interesado en transmitir su peculiar visión de una situación
determinada. El estilo se volvió más subjetivo y personal
y, al mismo tiempo, se requirió que el espectador se comprometiera
más en lo que veía para que pudiera compartir una
experiencia determinada. Estos fenómenos que se pueden rastrear
en la historia del arte, se repiten con la multiplicación
de las nuevas tecnologías en las diferentes formas de reproducción
de la realidad. De modo que al estudio de estos fenómenos
apuntan los materiales que se deberán leer para los trabajos
prácticos. Pero también habrá que mirar. Para
ello se publica en la página de Internet un archivo que contiene
una serie de pinturas en las que se puede advertir la evolución
de los estilos artísticos y se busca con ello desentrañar
la correspondencia con otros fenómenos contemporáneos
pero que se entrelazan. La ciencia y la filosofía pero también
la política y la historia están presentes de manera
inexcusable.
Otra advertencia que habla de la tecnología pero habla asimismo
de nuestra situación cotidiana. Hoy es impensable que el
conocimiento circule sólo a través de textos escritos.
La validación que las universidades hacen del conocimiento
compite de modo insalvable con la tecnología y con las habilidades
que cada uno tiene respecto de la búsqueda de información.
Así se ha vuelto una obligación en la vida universitaria
el manejarse con la computadora y con Internet. En la Facultad de
Ciencias Sociales se disponen de computadoras con conexión
a Internet gratis. No son muchas pero están disponibles.
De manera que se convierte en una imposición el tener que
manejarse con ellas. Además existen opciones en cibercafés
que, por unas pocas monedas, se puede navegar y buscar información.
En el caso que nos compete, hay un sinnúmero de museos que
cuentan con páginas web donde se pueden ver las obras de
arte expuestas.
Los
alumnos podrán consultar las siguientes direcciones web para
hacen un recorrido virtual por diferentes museos del mundo. Son
unos pocos, pueden visitarse muchos más. Todo depende de
la vocación y del interés por avanzar en una temática
que resulta fascinante más aún disponiendo de una
tecnología que nos permite evitar la confrontación
con la distancia geográfica de los grandes museos del mundo.
Las direcciones son,
www.nationalgallery.org.uk
;
www.metmuseum.org ;
www.louvre.fr/espanol.htm
;
www.museoprado.mcu.es
;
www.firenzemusei.it/index1.html
El
cine y la literatura
Además de la lectura de los materiales para el cursado en
los trabajos prácticos, los alumnos deberán leer dos
cuentos y ver en sus casas una película. Los dos textos literarios
son: “Cartas de mamá” de Julio Cortázar
y “Deutsches Requiem” de Jorge Luis Borges. La película
es Cartas de París que se estrenó en el año
2004 pero ya está accesible en los videoclubes.
La lectura y la película apuntan a promover una actividad
que es fundamental en las aulas universitarias pero que excede a
ellas. Se trata de confrontar con la imaginación y con las
transposiciones de fenómenos textuales de la literatura al
cine. Es un ejercicio que ronda y bordea el placer que debe tener
siempre el conocimiento. Es esta premisa la que llevó a la
Cátedra a ofrecer un espacio que combine la calidad de escritores
argentinos con una película que retoma el cuento de Cortázar
desde una óptica propia e incluso sin citar su origen. Para
la lectura y la película se les brindará oportunamente
a los alumnos una guía de trabajos y en el segundo examen
parcial y en el final, los alumnos deberán dar cuenta del
conocimiento de esos materiales.
Una frase de Francis Bacon (1561-1626) señala que “la
lectura produce personas completas; la conversación, personas
dispuestas y la escritura, personas precisas”. Se debería
asumir el desafío de pensar qué tipo de personas provoca
la lectura de imágenes. Seguramente no personas completas,
ni dispuestas, ni precisas pero sí, sin dudas, inquietas.
Es desde esa sensación que se debe reiniciar un camino para
restablecer una relación fructífera e inteligente
entre imagen y pensamiento.
CONTENIDOS:
UNIDAD
1: CULTURA Y COMUNICACION.
Distintas
definiciones del concepto de cultura. Cultura y naturaleza. La cultura
desde la perspectiva antropológica. Evolucionismo cultural.
Estructuralismo. Cultura y comunicación. La cultura como
proceso social de producción de significación. La
cultura latinoamericana y la cultura popular como conflicto por
la hegemonía. La investigación de las comunicaciones
en América Latina.
UNIDAD
2: PODER, COMUNICACIÓN Y COMUNICACIÓN DE MASAS
Poder
e interacción social. Los medios técnicos de la comunicación.
Interacción, mediación y comunicación. Diferentes
tipos de interacción. La cuasi interacción mediática
y su impacto en la organización social. El problema de la
cultura de masas. El sentido como construcción social. La
comunicación de masas analizada por Umberto Eco
UNIDAD
3: LAS TECNOLOGÍAS DE LA COMUNICACIÓN.
Poder
político y nuevas formas de mediación simbólica.
Orígenes del papel y las técnicas de impresión.
El comercio en las noticias: orígenes y desarrollo. El crecimiento
de las industrias de los medios. La cultura colonial. Inicio del
periodismo en el Río de la Plata. La generación de
de 1837 en el Río de la Plata. La prensa en la época
rosista. La generación post Caseros y los primeros proyectos
editoriales. El surgimiento de los primeros periódicos nacionales.
La generación del ’80.
UNIDAD
4: PARADIGMAS DE ANÁLISIS DE LOS MEDIOS MASIVOS DE COMUNICACIÓN
DESDE UNA VISION SISTEMICA
De
la sociología de las comunicaciones de masas al análisis
de contenido. La teoría hipodérmica. El modelo de
Harold D. Lasswell. El análisis funcionalista de las comunicaciones
masivas. El análisis de los medios de Niklas Luhmann. Cultura
de masas e “industria cultural”.
UNIDAD
5: EL ANÁLISIS DE LOS MEDIOS MASIVOS DESDE UNA VISION CRITICA.
La
primera generación de la Escuela de Frankfurt: Horkheimer,
Adorno y Marcuse. Walter Benjamin. La segunda generación
de la Escuela de Francfort: Jürgen Habermas y la teoría
de la acción comunicativa.
La corriente de los Estudios Culturales británica y los medios
masivos. Marshall Mc Luhan, profeta y precursor de la aldea global.
UNIDAD 6: SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN Y DEL CONOCIMIENTO.
Realidades internacionales contemporáneas. La economía
de la información en el contexto de la internacionalización.
La emergencia de las redes globales de comunicación. La sociedad
de la información. La teoría de Manuel Castells.
La internacionalización y sus efectos sobre los medios de
comunicación. Políticas culturales. La política
cultural desde el Estado, desde el sector privado, desde el sector
público.
BIBLIOGRAFIA
OBLIGATORIA.
UNIDAD
1:
Bibliografía de las clases teóricas:
Roberto Marafioti: Sentidos de la Comunicación, Editorial
Biblos, Buenos Aires, 2005, Capítulo 1.
Claude Lévi-Strauss: Mito y significado, Cap. 1 y 2, Alianza
Editorial, Buenos Aires, 1986.
UNIDAD
2:
Roberto Marafioti: Ob. Cit., Cap. 2.
Pierre Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo, México,
1990.
UNIDAD 3:
Roberto Marafioti, Ob. Cit., Cap. 3.
J. B. Thompson, Ideología y cultura moderna. Teoría
crítica social en la era de la comunicación de masas,
Universidad Autónoma Metropolitana, México, 1998.
Lilia Jorge, Orígenes y desarrollo del campo cultural argentino.
Ideas, literatura, periodismo, Oxímoron, Buenos Aires, 2004.
UNIDAD
4:
Roberto Marafioti, Ob. Cit., Capítulo 4.
Niklas Luhmann, La realidad de los medios de masas, Anthropos (Universidad
Iberoamericana), Universidad Latinoamericana, México-Barcelona,
2000.
UNIDAD
5:
Roberto Marafioti, Ob. Cit., Capítulo 5.
María Elisa Cevasco, “Un plan de trabajo: Culture is
ordinary”, en Para leer a Raymond Williams, Universidad Nacional
de Quilmas, Buenos Aires, 2003, pág. 47-81.
UNIDAD
6:
Roberto Marafioti, Ob. Cit., Capítulo 6.
Claudio Rama, Cap. V “La comercialización global de
la cultura”, en Economía de las industrias culturales
en la globalización digital, EUDEBA, Buenos Aires, 2003,
pág. 105- 158
BIBLIOGRAFIA
OBLIGATORIA PARA LAS CLASES PRACTICAS.
Thomas
Hoving, Cap. 7. El Renacimiento y los renacimientos, Cap. 8 El “renacimiento”
en el norte de Europa, Cap. 9 El manierismo: sensualidad y extravagancia,
Cap. 10 El barroco: la verdadera edad de oro, Cap. 11 El brilante
siglo XVIII, Cap. 12 El neoclasicismo y la reacción romántica,
Cap.13 El impresionismo (la poesía de la tierra y el hombre),
Cap. 14 El postimpresionismo (o mejor el premodernismo), Cap. 15
El arte moderno: lo destacado, en Arte, Norma, Bogotá, 2003.
María José Zapatero Molinero, “La familia. Frans
Hals”, “La guerra. Giacomo Balla” y “La
rapidez”, en itinerarios. Las mentalidades sociales, Museo
Thyssen-Bornemisza, Madrid, 2001
Carlos Lagorio, Cap. I, II, IV, V, VI, en Cultura sin sujeto. El
dominio de la imagen en la postmodernidad, Biblos, Bs. As., 1987.
Arnold Hauser, “Cap. III. El manierismo y el arte moderno”,
en Origen de la literatura y del arte modernos. Tomo III Literatura
y manierismo, Guadarrama, Madrid, 1974.
Daniel Bell, Cap. I (selección), en Contradicciones culturales
del capitalismo, Grijalbo, México, 1987.
Donald Lowe, Cap. I “Introducción” y Cap. VI
“De la Linealidad a la multiperspectividad”, en Historia
de la percepción burguesa, FCE, Buenos Aires, 1986.
Walter Benjamín, “La obra de arte en la era de la reproducción
técnica”, en Discursos Interrumpidos, Taurus, Buenos
Aires, 1995.
-----------, “Sobre algunos temas en Baudelaire”, en
Ensayos escogidos, Sur, Bs. As., 1967.
Charles Baudelaire, Los ojos de los pobres, en Spleen de París,
Aguilar, México, 1961.
Martin Jay, “La crisis del antiguo régimen escópico”,
Artefactos N° 1, CBC- Eudeba, Bs. As. 1986.
-----------, “Regímenes escópicos de la modernidad”
en Campos de fuerza, Paidós, Bs. As, 2003.
Jonathan Crary, “La modernidad y la cuestión del observador”,
Artefactos, N° 1.
Régis Débray, “Cap. 8. Las tres edades de la
mirada”, en Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada
en Occidente, Paidos, Barcelona, 1994.
Julio Cortázar, “Cartas de mamá”, en Cuentos
Completos 1, Alfaguara, Buenos Aires, 1996.
Jorge Luis Borges, « Deutsches Réquiem », El
Aleph, Emecé, Buenos Aires, 1949.
BIBLIOGRAFIA
COMPLEMENTARIA
AA.
VV., Videoculturas de fin de siglo, Cátedra, Madrid, 1990.
Jacques Aumont, La imagen, Paidós, Barcelona, 1992.
Roland Barthes, La cámara lúcida, Paidós, Barcelona,
1992.
Manuel Castells, La era de la información. Economía,
sociedad y cultura, 3 vols. Alianza, Madrid, 2000.
Umberto Eco, Apocalípticos e integrados ante la sociedad
de masas, Lumen, Barcelona, 1973
------------, La estrategia de la ilusión, Lumen / de la
Flor, Buenos Aires, 1988.
Pierre Bourdieu, “Algunas propiedades de los campos”,
“El mercado lingüístico”, en Sociología
y Cultura, Grijalbo, México, 1990.
------------, Campo intelectual y proyecto creador, Folios, Buenos
Aires, 1985.
Guy Débord, La sociedad del espectáculo, La Marca,
Buenos Aires, 1988.
------------, Comentarios a la sociedad del espectáculo,
Anagrama, Barcelona, 1990.
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica del Iluminismo
Sudamericana, Buenos Aires, 1988.
Stuart Hall, "Estudios culturales: dos paradigmas" en
Causas y Azares Nro. 1, Buenos Aires, 1994.
Gilles Lipovetsky, La era del vacío, Anagrama, Barcelona,
1992.
Régis Débray, Vida y muerte de la imagen. Historia
de la mirada en Occidente, Paidós, Barcelona, 1994.
---------------, Transmitir, Manantial, Buenos Aires, 1997
---------------, El estado seductor. Las revoluciones mediológicas
del poder, Manantial, Buenos Aires, 1998.
Fredric Jameson, “Sobre los ‘Estudios Culturales’”,
en F. Jameson y Slavoj Zizek, Estudios Culturales. Reflexiones sobre
el multiculturalismo, Paidós, Bs. As., 1998.
Homi K. Bhabha, “’Raza’, tiempo y la revisión
de la modernidad”, en El lugar de la cultura, Manantial, Buenos
Aires, 2002.
Renato Ortiz, Mundialización y cultura, Alianza, 1997.
James Curran, David Morley y Valerie Walkerdine (comps.), Estudios
culturales y comunicación. Análisis, producción
y consumo cultural de las políticas de identidad y el postmodernismo,
Paidós, Barcelona, 1998.
Edwin Panofsky, La perspectiva como forma simbólica, Tusquets,
Barcelona, 1986.
Jean-Pierre Venant, La muerte en los ojos, Gedisa, Barcelona, 1986.
Raymond Williams, Sociología de la cultura, Paidós,
Barcelona, 1983.
CRONOGRAMA.
El
curso durará 16 semanas, organizadas en 14 clases más
las dos evaluaciones. A continuación se publica la propuesta
de dictado del curso con el cronograma, que puede estar sujeto a
modificaciones, pero que sirve para ordenar el dictado de la materia
con los temas que se desarrollarán en las clases teóricas
y prácticas.
CRONOGRAMA
TEÓRICOS Y PRÁCTICOS. 1° CUATRIMESTRE 2004
| Fechas |
Teóricos |
Prácticos |
| 30
– 3 |
Roberto
Marafioti, Sentidos de la Comunicación, Cap. I |
Presentación
de la materia – Thomas Hoving, Arte. Daniel Bell, Selección
de Contradicciones culturales del capitalismo. |
| 6
– 4 |
Cap.
I, Idem |
A.
Hauser y María José Zapatero Molinero |
| 13
– 4 |
Cap.
I, Idem |
Donald
Lowe, Cap. I, Historia de la percepción burguesa. |
| 20
– 4 |
Capítulo
II, Idem. |
D.
Lowe – De la linealidad a la multiperspectividad, Ob.
Cit. |
| 27
– 4 |
Capítulo
III, Idem. |
Carlos Lagorio. Selección de Cultura
sin sujeto |
| 4
– 5 |
Lilia
Jorge, Orígenes y desarrollo del campo cultural argentino.
Ideas, literatura, periodismo. |
Walter
Benjamín – “La obra de arte en la era de
la reproducción técnica”. |
| 11
– 5 |
Lilia
Jorge, Ob. Cit. |
Benjamín
– “Sobre algunos temas en Baudelaire”. |
| 18
– 5 |
------------------------------ |
1er.
Parcial |
| 1
– 6 |
Roberto
Marafioti, Cap. IV, Ob. Cit. |
Martin
Jay – “La crisis del antiguo régimen escópico”. |
| 8
– 6 |
Roberto
Marafioti, Cap. IV, Ob. Cit. |
M.
Jay – Regímenes escópicos de la modernidad. |
| 15
– 6 |
Cap.
V |
Jonathan
Crary – La modernidad y la cuestión del observador. |
| 29
– 6 |
Cap.
V y VI |
Régis
Débray – El estado seductor.
----, “Las tres edades de la mirada”, en Vida y
muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente.
|
| 6
– 7 |
Cap.
V |
|
| 29
– 6 |
Cap.
V y VI |
Régis
Débray – El estado seductor.
----, “Las tres edades de la mirada”, en Vida y
muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente.
|
| 6
– 7 |
----------------------------- |
2°
Parcial |
| 13
– 7 |
----------------------------- |
Recuperatorio
1° y 2° parcial |
| Exámenes
Finales |
Primer
llamado 27 de julio |
Segundo
llamado 3 de agosto |
MODALIDAD
DE DICTADO DEL CURSO.
El
curso se organiza sobre la base de clases teóricas y comisiones
de clases teórico-prácticas con un docente a cargo
de cada curso.
Se
dictarán clases teóricas los días miércoles
en los horarios de 8 a 10, 10 a 12, 14 a 16, 18 a 20 y 20 a 22.00.
Los días miércoles correspondientes a la semana de
exámenes parciales no se dictará el teórico
respectivo.
Las
comisiones de clases teórico-prácticas trabajarán
los conceptos manejados en la bibliografía, como así
también las opiniones que cada docente juzgue acerca del
tema trabajado. Otro aspecto importante gira en torno a la aplicación
que tienen estos conceptos en la experiencia concreta de cada uno
frente a los medios de comunicación o en situaciones comunicativas
cotidianas.
EVALUACION.
1.
SISTEMA DE EVALUACION.
El
sistema de evaluación está organizado sobre la base
de dos aspectos fundamentales y un tercero suplementario.
El
primero apunta a realizar un control de lectura de los temas desarrollados
en clase y su indicación de la lectura obligatoria para la
aprobación del curso.
El
segundo aspecto se refiere a la capacidad que se demuestre de relacionar
conceptos y estar en condiciones de extraer conclusiones sobre las
temáticas abordadas.
En
tercer lugar figura el criterio personal del alumno en cuanto a
la lectura de la bibliografía y a las opiniones vertidas
a lo largo del curso.
Las
evaluaciones han sido programadas en el horario de las respectivas
comisiones de trabajos prácticos en la fecha que figura el
cuadro descripto más arriba.
2.
REGIMEN DE PROMOCION.
La
materia puede ser aprobada por dos tipos de regímenes:
a)
el de promoción sin examen final y
b)
el de promoción con examen final.
En
ambos casos la promoción de la materia requiere la aprobación
de dos exámenes parciales.
Los
alumnos aplazados en alguno de los parciales y los ausentes a uno
de los exámenes rinden un examen parcial recuperatorio al
final del cuatrimestre.
En
este caso no se puede promocionar la materia sin rendir examen final.
Los alumnos que se presentan al examen recuperatorio sólo
serán evaluados en términos de aprobado/desaprobado.
El
examen final abarca el conjunto de las temáticas tratadas
a lo largo del curso y, en consecuencia, se exigirá la lectura
de toda la bibliografía obligatoria.
a)
Requiere de la aprobación de los dos exámenes parciales
con una nota de 7 (siete) puntos o más en ambos. Estas notas
no son promediables. Deben inscribirse a finales y registrar la
promoción en el primer llamado a exámenes del turno
inmediato posterior a la finalización del curso. No se firmarán
promociones en el segundo llamado. Los alumnos que no registren
su promoción en los plazos indicados, perderán el
derecho a la misma y deberán rendir el examen final. El trámite
de firma de las promociones no es personal.
b)
Requiere de la aprobación de los dos exámenes parciales
con una nota superior a 4 (cuatro) en ambas evaluaciones. Estas
notas no son promediables.
Los
alumnos que regularizan la materia en este cuatrimestre pueden rendir
el examen final escrito en el segundo llamado. Si optan por presentarse
a dar examen oral deberán hacerlo en la primera fecha del
turno de exámenes. Aquellos que opten por no dar examen en
el turno correspondiente a su cursada darán examen final
oral.
EXAMENES
LIBRES.
Los
alumnos que opten por dar la materia en la modalidad de libres deberán
rendir un examen escrito y una vez aprobado éste un examen
oral. En ambos casos deberán estar en condiciones de manejar
la Bibliografía Complementaria que figura en el presente
Programa.
PAGINA
WEB
Se
cuenta además con una página web que es www.robertomarafioti.com
allí, en la solapa que corresponde a la UNLZ y a la materia
Problemática de la comunicación aparecerá publicado
este programa como así también materiales que se pueden
consultar y un listado de imágenes de cuadros que se trabajarán
en las clases prácticas de modo que se sugiere su empleo.
La dirección de correo electrónico está disponible
para que los alumnos si lo consideran necesario formulen sus inquietudes
o necesidades que siempre son respondidas.
Roberto
Marafioti
Marzo de 2005
DEUTSCHES REQUIEM
Jorge Luis Borges
Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.
Job
13:15
Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph
zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió
la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue
asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses,
en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich
zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur,
en 1914, y, dos años después, en la travesía
del Danubio. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador
y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio,
yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la
prisión dé las nueve, yo habré entrado en la
muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy
de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.
Durante
el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé;
justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera
parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta
noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor.
No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero
quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán
la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé
que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora,
serán muy en breve triviales. Mañana moriré,
pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.
Nací
en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron
afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos:
la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos
mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir:
el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté
la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre
germánico, William Shakespeare. Antes, la teología
me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y
de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer,
con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad
de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de
ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices,
que yo también me detuve ahí, yo el abominable.
Hacia
1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor
del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos;
yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora,
escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler,
en el que hacía notar que el monumento más inequívoco
de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo
drama de Goethe sino un poema redactado hace veinte siglos, el De
rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del
filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente
alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el
Partido.
Poco
diré de mis años de aprendizaje. Fueron más
duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no
carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí,
sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y
que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam
o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente,
mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que
para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.
Aseveran
los teólogos que si la atención del Señor se
desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta
recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz.
Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o
partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre,
esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable
que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería
un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran
la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino,
tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de
1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no
registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas
me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar. Días
después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando
las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital,
tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer.
Símbolo de mi vano destino, dormía en el reborde de
la ventana un gato enorme y fofo.
En
el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos
los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de
su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él.
Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro
una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una
misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más
hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas;
esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente
nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito
(cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación?
No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo.
Al fin creí entender. Morir por una religión es más
simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra
las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron)
que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas
las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades,
más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov.
El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de
concentración de Tarnowitz.
El
ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca
de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso,
el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno.
El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse
del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo.
En la batalla esa mutación es común, entre el clamor
de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe
calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad.
No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior
es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí
(lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta
David Jerusalem.
Era
éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes
de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado
su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel,
en la obra Dichtung der SEIT, lo equipara con Whitman. La comparación
no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general,
casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso
amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún
puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que
se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado
de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales
y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz
habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del
siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin
sospechar que la secreta justificación de su vida es haber
inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y
a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables
ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era
el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía
a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él;
no permití que me ablandaran ni la compasión ni su
gloria. Yo había comprendido hace muchos años que
no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible;
un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos,
podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra
olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente
se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar
ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y
... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el
primero de marzo de 1943, logró darse muerte . Ignoro si
Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para
destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera
un judío; se había transformado en el símbolo
de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él,
yo morí con él, yo de algún modo me he perdido
con él; por eso, fui implacable.
Mientras
tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes
noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos
un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera
cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre.
Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del
sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero
es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.)
No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de
experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema
ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero
todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada
la gloria y después la derrota.
En
octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció
en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un
bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra
casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos
continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra
todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular
ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz
de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo
un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la
felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó
ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente
me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo.
Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy
muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido,
porque está innumerablemente unida a todos los hechos que
son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un
solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé,
hasta dar con la verdadera.
Se
ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos.
Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto
que no sea un momento de la polémica de Aristóteles
y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian
los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas.
También la historia de los pueblos registra una continuidad
secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga
las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio
Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que
su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia;
Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758,
preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler
creyó luchar por un país, pero luchó por todos,
aun por aquellos que agredió y detestó. No importa
que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad.
El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad
del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos
la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables
al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en
él hasta el fin de sus días o a David que juzga a
un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación:
Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para
edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas
cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la
suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros
lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y
perfecto.
Se
cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros
la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué
importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo
importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas.
Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania,
que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro
lugar sea el infierno.
Miro
mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo
me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el
fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.
Charles Baudelaire,
- XXVI -
Los ojos de los pobres
¡Ah!,
queréis saber por qué hoy os aborrezco. Más
fácil os será comprenderlo, sin duda, que a mí
explicároslo; porque sois, creo yo, el mejor ejemplo de impermeabilidad
femenina que pueda encontrarse.
Juntos
pasamos un largo día, que me pareció corto. Nos habíamos
hecho la promesa de que todos los pensamientos serían comunes
para los dos, y nuestras almas ya no serían en adelante más
que una; ensueño que nada tiene de original, después
de todo, a no ser que, soñándolo todos los hombres,
nunca lo realizó ninguno.
Al
anochecer, un poco fatigada, quisisteis sentaros delante de un café
nuevo que hacía esquina a un bulevar, nuevo, lleno todavía
de cascotes y ostentando ya gloriosamente sus esplendores, sin concluir.
Centelleaba el café. El gas mismo desplegaba todo el ardor
de un estreno, e iluminaba con todas sus fuerzas los muros cegadores
de blancura, los lienzos deslumbradores de los espejos, los oros
de las medias cañas y de las cornisas, los pajes de mejillas
infladas arrastrados por los perros en traílla, las damas
risueñas con el halcón posado en el puño, las
ninfas y las diosas que llevaban sobre la cabeza frutas, pasteles
y caza; las Hebes y las Ganimedes ofreciendo a brazo tendido el
anforilla de jarabe o el obelisco bicolor de los helados con copete:
la historia entera de la mitología puesta al servicio de
la gula.
Enfrente
mismo de nosotros, en el arroyo, estaba plantado un pobre hombre
de unos cuarenta años, de faz cansada y barba canosa; llevaba
de la mano a un niño, y con el otro brazo sostenía
a una criatura débil para andar todavía. Hacía
de niñera, y sacaba a sus hijos a tomar el aire del anochecer.
Todos harapientos. Las tres caras tenían extraordinaria seriedad,
y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con
una admiración igual, que los años matizaban de modo
diverso.
Los
ojos del padre decían: «¡Qué hermoso!
¡Qué hermoso! ¡Parece como si todo el oro del
mísero mundo se hubiera colocado en esas paredes!»
Los ojos del niño: «¡Qué hermoso!, ¡qué
hermoso!; ¡pero es una casa donde sólo puede entrar
la gente que no es como nosotros!» Los ojos del más
chico estaban fascinados de sobra para expresar cosa distinta de
un gozo estúpido y profundo.
Los
cancioneros suelen decir que el placer vuelve al alma buena y ablanda
los corazones. Por lo que a mí toca, la canción dijo
bien aquella tarde. No sólo me había enternecido aquella
familia de ojos, sino que me avergonzaba un tanto de nuestros vasos
y de nuestras botellas, mayores que nuestra sed. Volvía yo
los ojos hacia los vuestros, querido amor mío, para leer
en ellos mi pensamiento; me sumergía en vuestros ojos tan
bellos y tan extrañamente dulces, en vuestros ojos verdes,
habitados por el capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis:
«¡Esa gente me está siendo insoportable con sus
ojos tan abiertos como puertas cocheras! ¿Por qué
no pedís al dueño del café que los haga alejarse?»
¡Tan
difícil es entenderse, ángel querido, y tan incomunicable
el pensamiento, aun entre seres que se aman!
Julio
Cortázar (1914-1984)
CARTAS DE MAMÁ (Las armas secretas, 1959)
Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez
que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer
la minúscula cara familiar de José de San Martín
para comprender que otra vez más habría de franquear
el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran
también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia al
seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el
café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban
a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve
gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después
del Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo
que el día anterior, que todos los días anteriores.
Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir,
este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de
Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota.
Aun antes de eso que acababa de leer —y que ahora releía
en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de
convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre una
alteración del tiempo, un pequeño escándalo
inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había querido
y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había
calzado a Laura en su vida y a París en su vida. Cada nueva
carta insinuaba por un rato (porque después el las borraba
en el acto mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad
duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes
de tijera en la madeja de lana que los demás habían
llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba
como el fondo de las calles mientras el autobús corría
por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad
condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra
entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la
que sin embargo es casi siempre sostén y explicación.
Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como
quien vuelve a cerrar una puerta.
Esa mañana había sido una de las tantas mañanas
en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco del
pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis
no le gustara acordarse de Buenos Aires. Más bien se trataba
de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto
tiempo, los verdaderos fantasmas que son los nombres, esa duración
pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura:
«Si se pudiera romper y tirar el pasado como el borrador de
una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando
la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro.»
En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos
Aires donde vivía la familia, donde los amigos de cuando
en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el
rotograbado de La Nación con los sonetos de tantas señoras
entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué.
Y de cuando en cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel
enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué
no habían de hablar de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco
ella volvía al tiempo de antes, sólo al azar de algún
diálogo, y sobre todo cuando llegaban cartas de mamá,
dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación,
objetos de un mundo caduco en la lejana orilla del río.
—Eh oui, fait lourd —dijo el obrero sentado frente a
él.
«Si supiera lo que es el calor —pensó Luis—.
Si pudiera andar una tarde de febrero por la Avenida de Mayo, por
alguna callecita de Liniers.» Sacó otra vez la carta
del sobre, sin ilusiones: el párrafo estaba ahí, bien
claro. Era perfectamente absurdo pero estaba ahí. Su primera
reacción, después de la sorpresa, el golpe en plena
nuca, era como siempre de defensa. Laura no debía leer la
carta de mamá. Por más ridículo que fuese el
error, la confusión de nombres (mamá había
querido escribir «Víctor» y había puesto
«Nico»), de todos modos Laura se afligiría, sería
estúpido. De cuando en cuando se pierden cartas; ojalá
ésta se hubiera ido al fondo del mar. Ahora tendría
que tirarla al water de la oficina, y por supuesto unos días
después Laura se extrañaría: «Qué
raro, no ha llegado carta de tu madre.» Nunca decía
tu mamá, tal vez porque había perdido a la suya siendo
niña. Entonces él contestaría: «De veras,
es raro. Le voy a mandar unas líneas hoy mismo», y
las mandaría, asombrándose del silencio de mamá.
La vida seguiría igual, la oficina, el cine por las noches,
Laura siempre tranquila, bondadosa, atenta a sus deseos. Al bajar
del autobús en la rue de Rennes se preguntó bruscamente
(no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) por
qué no quería mostrarle a Laura la carta de mamá.
No por ella, por lo que ella pudiera sentir. No le importaba gran
cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara. (¿No
le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara?)
No, no le importaba gran cosa. (¿No le importaba?) Pero la
primera verdad, suponiendo que hubiera otra detrás, la verdad
inmediata por decirlo así, era que le importaba la cara que
pondría Laura, la actitud de Laura. Y le importaba por él,
naturalmente, por el efecto que le haría la forma en que
a Laura iba a importarle la carta de mamá. Sus ojos caerían
en un momento dado sobre el nombre de Nico, y él sabía
que el mentón de Laura empezaría a temblar ligeramente,
y después Laura diría: «Pero qué raro...
¿qué le habrá pasado a tu madre?» Y él
habría sabido todo el tiempo que Laura se contenía
para no gritar, para no esconder entre las manos un rostro desfigurado
ya por el llanto, por el dibujo del nombre de Nico temblándole
en la boca.
En la agencia de publicidad donde trabajaba como diseñador,
releyó la carta, una de las tantas cartas de mamá,
sin nada de extraordinario fuera del párrafo donde se había
equivocado de nombre. Pensó si no podría borrar la
palabra, reemplazar Nico por Víctor, sencillamente reemplazar
el error por la verdad, y volver con la carta a casa para que Laura
la leyera. Las cartas de mamá interesaban siempre a Laura,
aunque de una manera indefinible no le estuvieran destinadas. Mamá
le escribía a él; agregaba al final, a veces a mitad
de la carta, saludos muy cariñosos para Laura. No importaba,
las leía con el mismo interés, vacilando ante alguna
palabra ya retorcida por el reuma y la miopía. «Tomo
Saridón, y el doctor me ha dado un poco de salicilato...»
Las cartas se posaban dos o tres días sobre la mesa de dibujo;
Luis hubiera querido tirarlas apenas las contestaba, pero Laura
las releía, a las mujeres les gusta releer las cartas, mirarlas
de un lado y de otro, parecen extraer un segundo sentido cada vez
que vuelven a sacarlas y a mirarlas. Las cartas de mamá eran
breves, con noticias domésticas, una que otra referencia
al orden nacional (pero esas cosas que ya se sabían por los
telegramas de Le Monde, llegaban siempre tarde por su mano). Hasta
podía pensarse que las cartas eran siempre la misma, escueta
y mediocre, sin nada interesante. Lo mejor de mamá era que
nunca se había abandonado a la tristeza que debía
causarle la ausencia de su hijo y de su nuera, ni siquiera al dolor
—tan a gritos, tan a lágrimas al principio— por
la muerte de Nico. Nunca, en los dos años que llevaban ya
en París, mamá había mencionado a Nico en sus
cartas. Era como Laura, que tampoco lo nombraba. Ninguna de las
dos lo nombraba, y hacía más de dos años que
Nico había muerto. La repentina mención de su nombre
a mitad de la carta era casi un escándalo. Ya el solo hecho
de que el nombre de Nico apareciera de golpe en una frase, con la
N larga y temblorosa, la o con una torcida; pero era peor, porque
el nombre se situaba en una frase incomprensible y absurda, en algo
que no podía ser otra cosa que un anuncio de senilidad. De
golpe mamá perdía la noción del tiempo, se
imaginaba que... El párrafo venía después de
un breve acuse de recibo de una carta de Laura. Un punto apenas
marcado con la débil tinta azul comprada en el almacén
del barrio, y a quemarropa: «Esta mañana Nico preguntó
por ustedes.» El resto seguía como siempre: la salud,
la prima Matilde se había caído y tenía una
clavícula sacada, los perros estaban bien. Pero Nico había
preguntado por ellos.
En realidad hubiera sido fácil cambiar Nico por Víctor,
que era el que sin duda había preguntado por ellos. El primo
Víctor, tan atento siempre. Víctor tenía dos
letras más que Nico, pero con una goma y habilidad se podían
cambiar los nombres. Esta mañana Víctor preguntó
por ustedes. Tan natural que Víctor pasara a visitar a mamá
y le preguntara por los ausentes.
Cuando volvió a almorzar, traía intacta la carta en
el bolsillo. Seguía dispuesto a no decirle nada a Laura,
que lo esperaba con su sonrisa amistosa, el rostro que parecía
haberse dibujado un poco desde los tiempos de Buenos Aires, como
si el aire gris de París le quitara el color y el relieve.
Llevaban más de dos años en París, habían
salido de Buenos Aires apenas dos meses después de la muerte
de Nico, pero en realidad Luis se había considerado como
ausente desde el día mismo de su casamiento con Laura. Una
tarde, después de hablar con Nico que estaba ya enfermo,
se había jurado escapar de la Argentina, del caserón
de Flores, de mamá y los perros y su hermano (que ya estaba
enfermo). En aquellos meses todo había girado en torno a
él como las figuras de una danza. Nico, Laura, mamá,
los perros, el jardín. Su juramento había sido el
gesto brutal del que hace trizas una botella en la pista, interrumpe
el baile con un chicotear de vidrios rotos. Todo había sido
brutal en eso días: su casamiento, la partida sin remilgos
ni consideraciones para con mamá, el olvido de todos los
deberes sociales, de los amigos entre sorprendidos y desencantados.
No le había importado nada, ni siquiera el asomo de protesta
de Laura. Mamá se quedaba sola en el caserón, con
los perros y los frascos de remedios, con la ropa de Nico colgada
todavía en un ropero. Que se quedara, que todos se fueran
al demonio. Mamá había parecido comprender, ya no
lloraba a Nico y andaba como antes por la casa, con la fría
y resuelta recuperación de los viejos frente a la muerte.
Pero Luis no quería acordarse de lo que había sido
la tarde de la despedida, las valijas, el taxi en la puerta, la
casa ahí con toda la infancia, el jardín donde Nico
y él habían jugado a la guerra, los dos perros indiferentes
y estúpidos. Ahora era casi capaz de olvidarse de todo eso.
Iba a la agencia, dibujaba afiches, volvía a comer, bebía
la taza de café que Laura le alcanzaba sonriendo. Iban mucho
al cine, mucho a los bosques, conocían cada vez mejor París.
Habían tenido suerte, la vida era sorprendentemente fácil,
el trabajo pasable, el departamento bonito, las películas
excelentes. Entonces llegaba carta de mamá.
No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido caer
sobre él la libertad como un peso insoportable. Las cartas
de mamá le traían un tácito perdón (pero
de nada había que perdonarlo), tendían el puente por
donde era posible seguir pasando. Cada una lo tranquilizaba o lo
inquietaba sobre la salud de mamá, le recordaba la economía
familiar, la permanencia de un orden. Y a la vez odiaba ese orden.
Y a la vez odiaba ese orden y lo odiaba por Laura, porque Laura
estaba en París pero cada carta de mamá la definía
como ajena, como cómplice de ese orden que el había
repudiado una noche en el jardín, después de oír
una vez más la tos apagada, casi humilde de Nico.
No, no le mostraría la carta. Era innoble sustituir un nombre
por otro, era intolerable que Laura leyera la frase de mamá.
Su grotesco error, su tonta torpeza de un instante —la veía
luchando con una pluma vieja, con el papel que se ladeaba, con su
vista insuficiente—, crecería con Laura como una semilla
fácil. Mejor tirar la carta (la tiró esa tarde misma)
y por la noche ir al cine con Laura, olvidarse lo antes posible
de que Víctor había preguntado por ellos. Aunque fuera
Víctor, el primo tan bien educado, olvidarse de que Víctor
había preguntado por ellos.
Diabólico, agazapado, relamiéndose, Tom esperaba que
Jerry cayera en la trampa. Jerry no cayó, y llovieron sobre
Tom catástrofes incontables. Después Luis compró
helados, los comieron mientras miraban distraídamente los
anuncios en colores. Cuando empezó la película, Laura
se hundió un poco más en su butaca y retiró
la mano del brazo de Luis. Él la sentía otra vez lejos,
quién sabe si lo que miraban juntos era ya la misma cosa
para los dos, aunque más tarde comentaran la película
en la calle o en la cama. Se preguntó (no era una pregunta,
pero cómo decirlo de otro modo) si Nico y Laura habían
estado así de distantes en los cines, cuando Nico la festejaba
y salían juntos. Probablemente habían conocido todos
los cines de Flores, toda la rambla estúpida de la calle
Lavalle, el león, el atleta que golpea el gongo, los subtítulos
en castellano por Carmen de Pinillos, los personajes de esta película
son ficticios, y toda relación... Entonces, cuando Jerry
había escapado de Tom y empezaba la hora de Bárbara
Stanwyck o de Tyron Power, la mano de Nico se acostaría despacio
sobre el muslo de Laura (el pobre Nico, tan tímido, tan novio),
y los dos se sentirían culpables de quién sabe qué.
Bien le constaba a Luis que no habían sido culpables de nada
definitivo; aunque no hubiera tenido la más deliciosa de
las pruebas, el veloz desapego de Laura por Nico hubiera bastado
para ver en ese noviazgo un mero simulacro urdido por el barrio,
la vecindad, los círculos culturales y recreativos que son
la sal de Flores. Había bastado el capricho de ir una noche
a la misma sala de baile que frecuentaba Nico, el azar de una presentación
fraternal. Tal vez por eso, por la facilidad del comienzo, todo
el resto había sido inesperadamente duro y amargo. Pero no
quería acordarse ahora, la comedia había terminado
con la blanda derrota de Nico, su melancólico refugio en
una muerte de tísico. Lo raro era que Laura no lo nombrara
nunca, y que por eso tampoco él lo nombrara, que Nico no
fuera ni siquiera el difunto, ni siquiera el cuñado muerto,
el hijo de mamá. Al principio le había traído
un alivio después del turbio intercambio de reproches, del
llanto y los gritos de mamá, de la estúpida intervención
del tío Emilio y del primo Víctor (Víctor preguntó
esta mañana por ustedes), el casamiento apresurado y sin
más ceremonia que un taxi llamado por teléfono y tres
minutos delante de un funcionario con caspa en las solapas. Refugiados
en un hotel de Adrogué, lejos de mamá y de toda la
parentela desencadenada, Luis había agradecido a Laura que
jamás hiciera referencia al pobre fantoche que tan vagamente
había pasado de novio a cuñado. Pero ahora, con un
mar de por medio, con la muerte y dos años de por medio,
Laura seguía sin nombrarlo, y él se plegaba a su silencio
por cobardía, sabiendo que en el fondo ese silencio lo agraviaba
por lo que tenía de reproche, de arrepentimiento, de algo
que empezaba a parecerse a la traición. Más de una
vez había mencionado expresamente a Nico, pero comprendía
que eso no contaba, que la respuesta de Laura tendía a desviar
la conversación. Un lento territorio prohibido se había
ido formando poco a poco en su lenguaje, aislándolos de Nico,
envolviendo su nombre y su recuerdo en un algodón manchado
y pegajoso. Y del otro lado mamá hacía lo mismo, confabulaba
inexplicablemente en el silencio. Cada carta hablaba de los perros,
de Matilde, de Víctor, del salicilato, del pago de la pensión.
Luis había esperado que alguna vez mamá aludiera a
su hijo para aliarse con ella frente a Laura, obligar cariñosamente
a Laura a que aceptara la existencia póstuma de Nico. No
porque fuera necesario, a quién le importaba nada de Nico
vivo o muerto, pero la tolerancia de su recuerdo en el panteón
del pasado hubiera sido la oscura, irrefutable prueba de que Laura
lo había olvidado verdaderamente y para siempre. Llamado
a la plena luz de su nombre el íncubo se hubiera desvanecido,
tan débil e inane como cuando pisaba la tierra. Pero Laura
seguía callando el nombre de Nico, y cada vez que lo callaba,
en el momento preciso en que hubiera sido natural que lo dijera
y exactamente lo callaba, Luis sentía otra vez la presencia
de Nico en el jardín de Flores, escuchaba su tos discreta
preparando el más perfecto regalo de bodas imaginable, su
muerte en plena luna de miel de la que había sido su novia,
del que había sido su hermano.
Una semana más tarde Laura se sorprendió de que no
hubiera llegado carta de mamá. Barajaron las hipótesis
usuales, y Luis escribió esa misma tarde. La respuesta no
lo inquietaba demasiado, pero hubiera querido (lo sentía
al bajar las escaleras por la mañana) que la portera le diera
a él la carta en vez de subir al tercer piso. Una quincena
más tarde reconoció el sobre familiar, el rostro del
almirante Brown y una vista de las cataratas del Iguazú.
Guardó el sobre antes de salir a la calle y contestar el
saludo de Laura asomada a la ventana. Le pareció ridículo
tener que doblar la esquina antes de abrir la carta. El Boby se
había escapado a la calle y unos días después
había empezado a rascarse, contagio de algún perro
sarnoso. Mamá iba a consultar a un veterinario amigo del
tío Emilio, porque no era cosa de que el Boby le pegara la
peste al Negro. El tío Emilio era de parecer que los bañara
con acaroína, pero ella ya no estaba para esos trotes y sería
mejor que el veterinario recetara algún polvo insecticida
o algo para mezclar con la comida. La señora de la lado tenía
un gato sarnoso, vaya a saber si los gatos no eran capaces de contagiar
a los perros, aunque fuera a través del alambrado. Pero qué
les iba a interesar a ellos esas charlas de vieja, aunque Luis siempre
había sido muy cariñoso con los perros y de chico
hasta dormía con uno a los pies de la cama, al revés
de Nico que no le gustaban mucho. La señora de al lado aconsejaba
espolvorearlos con dedeté por si no era sarna, los perros
pescan toda clase de pestes cuando andan por la calle; en la esquina
de Bacacay paraba un circo con animales raros, a lo mejor había
microbios en el aire, esas cosas. Mamá no ganaba para sustos,
entre el chico de la modista que se había quemado el brazo
con leche hirviendo y el Boby sarnoso.
Después había como una estrellita azul (la pluma cucharita
que se enganchaba en el papel, la exclamación de fastidio
de mamá) y entonces unas reflexiones melancólicas
sobre lo sola que se quedaría si también Nico se iba
a Europa como parecía, pero ese era el destino de los viejos,
los hijos son golondrinas que se van un día, hay que tener
resignación mientras el cuerpo vaya tirando. La señora
de al lado...
Alguien empujó a Luis, le soltó una rápida
declaración de derechos y obligaciones con acento marsellés.
Vagamente comprendió que estaba estorbando el paso de la
gente que entraba por el angosto corredor al métro. El resto
del día fue igualmente vago, telefoneó a Laura para
decirle que no iría a almorzar, pasó dos horas en
un banco de plaza releyendo la carta de mamá, preguntándose
qué debería hacer frente a la insania. Hablar con
Laura, antes de nada. Por qué (no era una pregunta, pero
cómo decirlo de otro modo) seguir ocultándole a Laura
lo que pasaba. Ya no podía fingir que esta carta se había
perdido como la otra, ya no podía creer a medias que mamá
se había equivocado y escrito Nico por Víctor, y que
era tan penoso que se estuviera poniendo chocha. Resueltamente esas
cartas eran Laura, eran lo que iba a ocurrir con Laura. Ni siquiera
eso: lo que ya había ocurrido desde el día de su casamiento,
la luna de miel en Adrogué, las noches en que se habían
querido desesperadamente en el barco que los traía a Francia.
Todo era Laura, todo iba a ser Laura ahora que Nico quería
venir a Europa en el delirio de mamá. Cómplices como
nunca, mamá le estaba hablando a Laura de Nico, le estaba
anunciando que Nico iba a venir a Europa, y lo decía así,
Europa a secas, sabiendo tan bien que Laura comprendería
que Nico iba a desembarcar en Francia, en París, en una casa
donde se fingía exquisitamente haberlo olvidado, pobrecito.
Hizo dos cosas: escribió al tío Emilio señalándole
los síntomas que lo inquietaban y pidiéndole que visitara
inmediatamentte a mamá para cerciorarse y tomar las medidas
del caso. Bebió un coñac tras otro y anduvo a pie
hacia su casa para pensar en el camino lo que debía decirle
a Laura, porque al fin y al cabo tenía que hablar con Laura
y ponerla al corriente. De calle en calle fue sintiendo cómo
le costaba situarse en el presente, en lo que tendría que
suceder media hora más tarde. La carta de mamá lo
metía, lo ahogaba en la realidad de esos dos años
de vida en París, la mentira de una paz traficada, de una
felicidad de puertas para afuera, sostenida por diversiones y espectáculos,
de un pacto involuntario de silencio en que los dos se desunían
poco a poco como en todos los pactos negativos. Sí, mamá,
sí, pobre Boby sarnoso, mamá. Pobre Boby, pobre Luis,
cuánta sarna, mamá. Un baile del club de Flores, mamá,
fui porque él insistía, me imagino que quería
darse corte con su conquista. Pobre Nico, mamá, con esa tos
seca en que nadie creía todavía, con ese traje cruzado
a rayas, esa peinada a la brillantina, esas corbatas de rayón
tan cajetillas. Uno charla un rato, simpatiza, cómo no vas
a bailar esa pieza con la novia del hermano, oh, novia es mucho
decir, Luis, supongo que puedo llamarlo Luis, verdad. Pero sí,
me extraña que Nico no la haya llevado a casa todavía,
usted le va a caer tan bien a mamá. Este Nico es más
torpe, a que ni siquiera habló con su papá. Tímido,
sí, siempre fue igual. Como yo. ¿De qué se
ríe, no me cree? Pero si yo no soy lo que parezco... ¿Verdad
que hace calor? De veras, usted tiene que venir a casa, mamá
va a estar encantada. Vivimos los tres solos, con los perros. Che
Nico, pero es una vergüenza, te tenías esto escondido,
malandra. Entre nosotros somos así, Laura, nos decimos cada
cosa. Con tu permiso, yo bailaría este tango con la señorita.
Tan poca cosa, tan fácil, tan verdaderamente brillantina
y corbata rayón. Ella había roto con Nico por error,
por ceguera, porque el hermano rana había sido capaz de ganar
de arrebato y darle vuelta la cabeza. Nico no juega al tenis, qué
va a jugar, usted no lo saca del ajedrez y la filatelia, hágame
el favor. Callado, tan poca cosa el pobrecito, Nico se había
ido quedando atrás, perdido en un rincón del patio,
consolándose con el jarabe pectoral y el mate amargo. Cuando
cayó en cama y le ordenaron reposo coincidió justamente
con un baile en Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque. Uno no se
va a perder esas cosas, máxime cuando va a tocar Edgardo
Donato y la cosa promete. A mamá le parecía tan bien
que él sacara a pasear a Laura, le había caído
como una hija apenas la llevaron una tarde a la casa. Vos fijate,
mamá, el pibe está débil y capaz que le hace
impresión si uno le cuenta. Los enfermos como él se
imaginan cada cosa, de fija que va a creer que estoy afilando con
Laura. Mejor que no sepa que vamos a Gimnasia. Pero yo no le dije
eso a mamá, nadie de casa se enteró nunca que andábamos
juntos. Hasta que se mejorara el enfermito, claro. Y así
el tiempo, los bailes, dos o tres bailes, las radiografías
de Nico, después el auto del petiso Ramos, la noche de la
farra en casa de la Beba, las copas, el paseo en auto hasta el puente
del arroyo, una luna, esa luna como una ventana de hotel allá
arriba, y Laura en el auto negándose, un poco bebida, las
manos hábiles, los besos, los gritos ahogados, la manta de
vicuña, la vuelta en silencio, la sonrisa de perdón.
La sonrisa era casi la misma cuando Laura le abrió la puerta.
Había carne al horno, ensalada, un flan. A las diez vinieron
unos vecinos que eran sus compañeros de canasta. Muy tarde,
mientras se preparaban para acostarse, Luis sacó la carta
y la puso sobre la mesa de luz.
—No te hablé antes porque no quería afligirte.
Me parece que mamá...
Acostado, dándole la espalda, esperó. Laura guardó
la carta en el sobre, apagó el velador. La sintió
contra él, no exactamente contra pero la oía respirar
cerca de su oreja.
—¿Vos te das cuenta? —dijo Luis, cuidando su
voz.
—Sí. ¿No creés que se habrá equivocado
de nombre?
Tenía que ser. Peón cuatro rey, peón cuatro
rey. Perfecto.
—A lo mejor quiso poner Víctor —dijo, clavándose
lentamente las uñas en la palma de la mano.
—Ah, claro. Podría ser —dijo Laura. Caballo rey
tres alfil.
Empezaron a fingir que dormían.
A Laura le había parecido bien que el tío Emilio fuera
el único en enterarse, y los días pasaron sin que
volvieran a hablar de eso. Cada vez que volvía a casa, Luis
esperaba una frase o un gesto insólitos en Laura, un claro
en esa guardia perfecta de calma y de silencio. Iban al cine como
siempre, hacían el amor como siempre. Para Luis ya no había
en Laura otro misterio que el de su resignada adhesión a
esa vida en la que nada había llegado a ser lo que pudieron
esperar dos años atrás. Ahora la conocía bien,
a la hora de las confrontaciones definitivas tenía que admitir
que Laura era como había sido Nico, de las que se quedan
atrás y sólo obran por inercia, aunque empleara a
veces una voluntad casi terrible en no hacer nada, en no vivir de
veras para nada. Se hubiera entendido mejor con Nico que con él,
y los dos lo venían sabiendo desde el día de su casamiento,
desde las primeras tomas de posición que siguen a la blanda
aquiescencia de la luna de miel y el deseo. Ahora Laura volvía
a tener la pesadilla. Soñaba mucho, pero la pesadilla era
distinta, Luis la reconocía entre muchos otros movimientos
de su cuerpo, palabras confusas o breves gritos de animal que se
ahoga. Había empezado a bordo, cuando todavía hablaban
de Nico porque Nico acababa de morir y ellos se habían embarcado
unas pocas semanas después. Una noche, después de
acordarse de Nico y cuando ya se insinuaba el tácito silencio
que se instalaría luego entre ellos, Laura lo despertaba
con un gemido ronco, una sacudida convulsiva de las piernas, y de
golpe un grito que era una negativa total, un rechazo con las dos
manos y todo el cuerpo y toda la voz de algo horrible que le caía
desde el sueño como un enorme pedazo de materia pegajosa.
Él la sacudía, la calmaba, le traía agua que
bebía sollozando, acosada aún a medias por el otro
lado de su vida. Decía no recordar nada, era algo horrible
pero no se podía explicar, y acababa por dormirse llevándose
su secreto, porque Luis sabía que ella sabía, que
acababa de enfrentarse con aquel que entraba en su sueño,
vaya a saber bajo qué horrenda máscara, y cuyas rodillas
abrazaría Laura en un vértigo de espanto, quizá
de amor inútil. Era siempre lo mismo, le alcanzaba un vaso
de agua, esperando en silencio a que ella volviera a apoyar la cabeza
en la almohada. Quizá un día el espanto fuera más
fuerte que el orgullo, si eso era orgullo. Quizá entonces
él podría luchar desde su lado. Quizá no todo
estaba perdido, quizá la nueva vida llegara a ser realmente
otra cosa que ese simulacro de sonrisas y de cine francés.
Frente a la mesa de dibujo, rodeado de gentes ajenas, Luis recobraba
el sentido de la simetría y el método que le gustaba
aplicar a la vida. Puesto que Laura no tocaba el tema, esperando
con aparente indiferencia la contestación del tío
Emilio, a él le correspondía entenderse con mamá.
Contestó su carta limitándose a las menudas noticias
de las últimas semanas, y dejó para la postdata una
frase rectificatoria: «De modo que Víctor habla de
venir a Europa. A todo el mundo le da por viajar, debe ser la propaganda
de las agencias de turismo. Decíle que escriba, le podemos
mandar todos los datos que necesite. Decíle también
que desde ahora cuenta con nuestra casa.»
El
tío Emilio contestó casi a vuelta de correo, secamente
como correspondía a un pariente tan cercano y tan resentido
por lo que en el velorio de Nico había calificado de incalificable.
Sin haberse disgustado de frente con Luis, había demostrado
sus sentimientos con la sutileza habitual en casos parecidos, absteniéndose
de ir a despedirlo al barco, olvidando dos años seguidos
la fecha de su cumpleaños. Ahora se limitaba a cumplir con
su deber de hermano político de mamá, y enviaba escuetamente
los resultados. Mamá estaba muy bien pero casi no hablaba,
cosa comprensible teniendo en cuenta los muchos disgustos de los
últimos tiempos. Se notaba que estaba muy sola en la casa
de Flores, lo cual era lógico puesto que ninguna madre que
ha vivido toda la vida con sus dos hijos puede sentirse a gusto
en una enorme casa llena de recuerdos. En cuanto a las frases en
cuestión, el tío Emilio había procedido con
el tacto que se requería en vista de lo delicado del asunto,
pero lamentaba decirles que no había sacado gran cosa en
limpio, porque mamá no estaba en vena de conversación
y hasta lo había recibido en la sala, cosa que nunca hacía
con su hermano político. A una insinuación de orden
terapéutico, había contestado que aparte del reumatismo
se sentía perfectamente bien, aunque en esos días
la fatigaba tener que planchar tantas camisas. El tío Emilio
se había interesado por saber de qué camisas se trataba,
pero ella se había limitado a una inclinación de cabeza
y un ofrecimiento de jerez y galletitas Bagley.
Mamá no les dio demasiado tiempo para discutir la carta del
tío Emilio y su ineficacia manifiesta. Cuatro días
después llegó un sobre certificado, aunque mamá
sabía de sobra que no hay necesidad de certificar las cartas
aéreas a París. Laura telefoneó a Luis y le
pidió que volviera lo antes posible. Media hora más
tarde la encontró respirando pesadamente, perdida en la contemplación
de unas flores amarillas sobre la mesa. La carta estaba en la repisa
de la chimenea, y Luis volvió a dejarla ahí después
de la lectura. Fue a sentarse junto a Laura, esperó. Ella
se encogió de hombros.
—Se ha vuelto loca —dijo.
Luis encendió un cigarrillo. El humo le hizo llorar los ojos.
Comprendió que la partida continuaba, que a él le
tocaba mover. Pero a esa partida la estaban jugando tres jugadores,
quizá cuatro. Ahora tenía la seguridad de que también
mamá estaba al borde del tablero. Poco a poco resbaló
en el sillón, y dejó que su cara se pusiera la inútil
máscara de las manos juntas. Oía llorar a Laura, abajo
corrían a gritos los chicos de la portera.
La
noche trae consejo, etcétera. Les trajo un sueño pesado
y sordo, después que los cuerpos se encontraron en una monótona
batalla que en el fondo no habían deseado. Una vez más
se cerraba el tácito acuerdo: por la mañana hablarían
del tiempo, del crimen de Saint-Cloud, de James Dean. La carta seguía
sobre la repisa y mientras bebían té no pudieron dejar
de verla, pero Luis sabía que al volver del trabajo ya no
la encontraría. Laura borraba las huellas con su fría,
eficaz diligencia. Un día, otro día, otro día
más. Una noche se rieron mucho con los cuentos de los vecinos,
con una audición de Fernandel. Se habló de ir a ver
una pieza de teatro, de pasar un fin de semana en Fontainebleau.
Sobre la mesa de dibujo se acumulaban los datos innecesarios, todo
coincidía con la carta de mamá. El barco llegaba efectivamente
al Havre el vierrnes 17 por la mañana, y el tren especial
entraba en Saint-Lazare a las 11:45. El jueves vieron la pieza de
teatro y se divirtieron mucho. Dos noches antes Laura había
tenido otra pesadilla, pero él no se molestó en traerle
agua y la dejó que se tranquilizara sola, dándole
la espalda. Después Laura durmió en paz, de día
andaba ocupada cortando y cosiendo un vestido de verano. Hablaron
de comprar una máquina de coser eléctrica cuando terminaran
de pagar la heladera. Luis encontró la carta de mamá
en el cajón de la mesa de luz y la llevó a la oficina.
Telefoneó a la compañía naviera, aunque estaba
seguro de que mamá daba las fechas exactas. Era su única
seguridad, porque todo el resto no se podía siquiera pensar.
Y ese imbécil del tío Emilio. Lo mejor sería
escribir a Matilde, por más que estuviesen distanciados Matilde
comprendería la urgencia de intervenir, de proteger a mamá.
¿Pero realmente (no era una pregunta, pero cómo decirlo
de otro modo) había que proteger a mamá, precisamente
a mamá? Por un momento pensó en pedir larga distancia
y hablar con ella. Se acordó del jerez y las galletitas Bagley,
se encogió de hombros. Tampoco había tiempo de escribir
a Matilde, aunque en realidad había tiempo pero quizá
fuese preferible esperar al viernes diecisiete antes de... El coñac
ya no lo ayudaba ni siquiera a no pensar, o por lo menos a pensar
sin tener miedo. Cada vez recordaba con más claridad la cara
de mamá en las últimas semanas de Buenos Aires, después
del entierro de Nico. Lo que él había entendido como
dolor, se lo mostraba ahora como otra cosa, algo en donde había
una rencorosa desconfianza, una expresión de animal que siente
que van a abandonarlo en un terreno baldío lejos de la casa,
para deshacerse de él. Ahora empezaba a ver de veras la cara
de mamá. Recién ahora la veía de veras en aquellos
días en que toda la familia se había turnado para
visitarla, darle el pésame por Nico, acompañarla de
tarde, y también Laura y él venían de Adrogué
para acompañarla, para estar con mamá. Se quedaban
apenas un rato porque después aparecía el tío
Emilio, o Víctor, o Matilde, y todos eran una misma fría
repulsa, la familia indignada por lo sucedido, por Adrogué,
porque eran felices mientras Nico, pobrecito, mientras Nico. Jamás
sospecharían hasta qué punto habían colaborado
para embarcarlos en el primer buque a mano; como si se hubieran
asociado para pagarles los pasajes, llevarlos cariñosamente
a bordo con regalos y pañuelos.
Claro que su deber de hijo lo obligaba a escribir en seguida a Matilde.
Todavía era capaz de pensar cosas así antes del cuarto
coñac. Al quinto las pensaba de nuevo y se reía (cruzaba
París a pie para estar más solo y despejarse la cabeza),
se reía de su deber de hijo, como si los hijos tuvieran deberes,
como si los deberes fueran los de cuarto grado, los sagrados deberes
para la sagrada señorita del inmundo cuarto grado. Porque
su deber de hijo no era escribir a Matilde. ¿Para qué
fingir (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo)
que mamá estaba loca? Lo único que se podía
hacer era no hacer nada, dejar que pasaran los días, salvo
el viernes. Cuando se despidió como siempre de Laura diciéndole
que no vendría a almorzar porque tenía que ocuparse
de unos afiches urgentes, estaba tan seguro del resto que hubiera
podido agregar: «Si querés vamos juntos.» Se
refugió en el café de la estación, menos por
disimulo que para tener la pobre ventaja de ver sin ser visto. A
las once y treinta y cinco descubrió a Laura por su falda
azul, la siguió a distancia, la vio mirar el tablero, consultar
a un empleado, comprar un boleto de plataforma, entrar en el andén
donde ya se juntaba la gente con el aire de los que esperan. Detrás
de una zorra cargada de cajones de fruta miraba a Laura que parecía
dudar entre quedarse cerca de la salida del andén o internarse
por él. La miraba sin sorpresa, como a un insecto cuyo comportamiento
podía ser interesante. El tren llegó casi en seguida
y Laura se mezcló con la gente que se acercaba a las ventanillas
de los coches buscando cada uno lo suyo, entre gritos y manos que
sobresalían como si dentro del tren se estuvieran ahogando.
Bordeó la zorra y entró al andén entre más
cajones de fruta y manchas de grasa. Desde donde estaba vería
salir a los pasajeros, vería pasar otra vez a Laura, su rostro
lleno de alivio porque el rostro de Laura, ¿no estaría
lleno de alivio? (No era una pregunta, pero cómo decirlo
de otro modo.) Y después, dándose el lujo de ser el
último una vez que pasaran los últimos viajeros y
los últimos changadores, entonces saldría a su vez,
bajaría a la plaza llena de sol para ir a beber coñac
al café de la esquina. Y esa misma tarde escribiría
a mamá sin la menor referencia al ridículo episodio
(pero no era ridículo) y después tendría valor
y hablaría con Laura (pero no tendría valor y no hablaría
con Laura). De todas maneras coñac, eso sin la menor duda,
y que todo se fuera al demonio. Verlos pasar así en racimos,
abrazándose con gritos y lágrimas, las parentelas
desatadas, un erotismo barato como un carroussel de feria barriendo
el andén, entre valijas y paquetes y por fin, por fin, cuánto
tiempo sin vernos, qué quemada estás, Ivette, pero
sí, hubo un sol estupendo, hija. Puesto a buscar semejanzas,
por gusto de aliarse a la imbecilidad, dos de los hombres que pasaban
cerca debían ser argentinos por el corte de pelo, los sacos,
el aire de suficiencia disimulando el azoramiento de entrar en París.
Uno sobre todo se parecía a Nico, puesto a buscar semejanzas.
El otro no, y en realidad éste tampoco apenas se le miraba
el cuello mucho más grueso y la cintura más ancha.
Pero puesto a buscar semejanzas por puro gusto, ese otro que ya
había pasado y avanzaba hacia el portillo de salida, con
una sola valija en la mano izquierda, Nico era zurdo como él,
tenía esa espalda un poco cargada, ese corte de hombros.
Y Laura debía haber pensado lo mismo porque venía
detrás mirándolo, y en la cara una expresión
que él conocía bien, la cara de Laura cuando despertaba
de la pesadilla y se incorporaba en la cama mirando fijamente el
aire, mirando, ahora lo sabía, a aquél que se alejaba
dándole la espalda, consumaba la innominable venganza que
la hacía gritar y debatirse en sueños.
Puestos a buscar semejanzas, naturalmente el hombre era un desconocido,
lo vieron de frente cuando puso la valija en el suelo para buscar
el billete y entregarlo al del portillo. Laura salió la primera
de la estación, la dejó que tomara distancia y se
perdiera en la plataforma del autobús. Entró en el
café de la esquina y se tiró en una banqueta. Más
tarde no se acordó si había pedido algo de beber,
si eso que le quemaba la boca era el regusto del coñac barato.
Trabajó toda la tarde en los afiches, sin tomarse descanso.
A ratos pensaba que tendría que escribirle a mamá,
pero lo fue dejando pasar hasta la hora de la salida. Cruzó
París a pie, al llegar a casa encontró a la portera
en el zaguán y charlo un rato con ella. Hubiera querido quedarse
hablando con la portera o los vecinos, pero todos iban entrando
en los departamentos y se acercaba la hora de cenar. Subió
despacio (en realidad siempre subía despacio para no fatigarse
los pulmones y no toser) y al llegar al tercero se apoyó
en la puerta antes de tocar el timbre, para descansar un momento
en la actitud del que escucha lo que pasa en el interior de una
casa. Después llamó con los dos toques cortos de siempre.
—Ah, sos vos —dijo Laura, ofreciéndole una mejilla
fría—. Ya empezaba a preguntarme si habrías
tenido que quedarte más tarde. La carne debe estar recocida.
No estaba recocida, pero en cambio no tenía gusto a nada.
Si en ese momento hubiera sido capaz de preguntarle a Laura por
qué había ido a la estación, tal vez el café
hubiese recobrado el sabor, o el cigarrillo. Pero Laura no se había
movido de casa en todo el día, lo dijo como si necesitara
mentir o esperara que él hiciera un comentario burlón
sobre la fecha, las manías lamentables de mamá. Revolviendo
el café, de codos sobre el mantel, dejó pasar una
vez más el momento. La mentira de Laura ya no importaba,
una más entre tantos besos ajenos, tantos silencios donde
todo era Nico, donde no había nada en ella o en él
que no fuera Nico. ¿Por qué (no era una pregunta,
pero cómo decirlo de otro modo) no poner un tercer cubierto
en la mesa? ¿Por qué no irse, por qué no cerrar
el puño y estrellarlo en esa cara triste y sufrida que el
humo del cigarrillo deformaba, hacía ir y venir como entre
dos aguas, parecía llenar poco a poco de odio como si fuera
la cara misma de mamá? Quizá estaba en la otra habitación,
o quizá esperaba apoyado en la puerta como había esperado
él, o se había instalado ya donde siempre había
sido el amo, en el territorio blanco y tibio de las sábanas
al que tantas veces había acudido en sueños de Laura.
Allí esperaría, tendido de espaldas, fumando también
él su cigarrillo, tosiendo un poco, riéndose con una
cara de payaso como la cara de los últimos días, cuando
no le quedaba ni una gota de sangre sana en las venas.
Pasó al otro cuarto, fue a la mesa de trabajo, encendió
la lámpara. No necesitaba releer la carta de mamá
para contestarla como debía. Empezó a escribir, querida
mamá. Escribió: querida mamá. Tiró el
papel, escribió: mamá. Sentía la casa como
un puño que se fuera apretando. Todo era más estrecho,
más sofocante. El departamento había sido suficiente
para dos, estaba pensado exactamente para dos. Cuando levantó
los ojos (acababa de escribir: mamá), Laura estaba en la
puerta, mirándolo. Luis dejó la pluma.
-¿A vos no te parece que está mucho más flaco?
—dijo.
Laura hizo un gesto. Un brillo paralelo le bajaba por las mejillas.
-Un poco – dijo-.
Uno va cambiando...
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